Vuelvo
después de mucho tiempo, siempre es
demasiado tiempo cuando no se encuentra una salida. Agua estancada crea mala
vida, tinta reseca no libera.
Pero vuelvo en el
espacio preciso, apartado de todo y de todos. Vuelvo al silencio para hablarme,
para escucharme, para no perderme, para sosegarme. Para desnudarme.
Siendo sincero, cuando finalmente
abro este cuaderno es al final del viaje, del camino. Pero sí que comencé a
escribir desde el primer paso, quizás incluso desde antes, cuando las
luciérnagas empezaron poco a poco a iluminar las galerías de esta mina llamada
mente. “Lucecita, lucecita, vuela libre, vuela alto”.
Una escultura no
comienza con el primer golpe de cincel, una pintura no comienza con el primer
trazo de un pincel. Así, mis sentimientos y pensamientos garabateados con tinta
son fruto de mis luciérnagas de cada mañana con la banda sonora de mis pasos
desde Lisboa hasta Oporto. La alquimia del arte precisa del alambique de la
imaginación y la amalgama de emociones y recuerdos que llevo dentro se
materializarán ahora, pero se gestó en el espacio preciso al que deseaba volver,
en el silencio por el que deseaba caminar.
Lisboa