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jueves, 24 de octubre de 2024

La eternidad por delante

        Aprovechando la collá de esta maravilla (Hermanas) que escribió la buena de Claudia de claudianotienetitulo aquí vuelvo con una historia para que nadie se olvide que todos llevamos un viejo dentro y que todo viejo conserva todas sus edades dentro.


La eternidad por delante


        Dos de Octubre de 2047. Exactamente la misma fecha en la que emigró a Inglaterra hace más de treinta años, don Miguel regresa a su tierra y su gente, como a él siempre le gustó decir. Más de media fuera y ahora vuelve a su trocito de paraíso para descansar definitivamente. No ha querido perder ni un momento. Todo lo había planificado desde que supo la fecha exacta de su jubilación. El último mes ha sido de locos, empaquetando, enviando, trabajando, organizando despedidas. Siempre fue una persona sana y aunque a sus 65 años hay gente más cascada que él, a don Miguel no le ha pesado nada invertir tanta energía para llegar a tiempo a esa fecha límite del dos de octubre.
Pero don Miguel, ahora que ya se queda consigo mismo en el avión y el tren, trae a flote de nuevo el miedo que provoca la incertidumbre. Vuelve a su tierra, sí, pero con tantos años de diferencia con aquella tierra que le crió, que le da miedo no sentirse identificado. Vuelve a su gente, sí, pero realmente tan solo le quedan sus dos sobrinos. Sus hermanos y su madre fallecieron hace un tiempo, sus amistades fuertemente forjadas en Inglaterra andan desperdigadas por aquí y por allá. Le ilusiona, eso sí, los ratos eternos que piensa pasar delante de la ventana de la casita que se compró delante del mar, disfrutando de la radio, la música, la lectura y la escritura. Aficiones todas que no requieren una compañía humana que se acostumbró a no esperar.
        El primer mes se lo ha tomado con calma, para reconectar cada día dando sus paseos, tomándose un cafelito en distintas terrazas. Pero ya en noviembre se siente preparado para intentar socializar.
Como el alumno nuevo que sabe que recibirá las miradas de todo tipo cuando ponga un pie en el aula, así llega don Miguel al hogar del pensionista, que a pesar de los avances del siglo sigue conservando la sencillez de antaño. Hay cosas que nunca cambian por más que el mundo lo haya hecho y en menos de un cuarto de hora ya tiene a tres viejos (porque él no se ve así por supuesto) dándole conversación en la barra.
Él, que iba solo un rato, como el que se acerca a la orilla para comprobar la temperatura del agua, y estos viejos lo han metido hasta el cuello. Todo el mundo sabe ya su nombre y hasta ya le han puesto mote, "el inglesito", cuando por fin consigue que lo dejen marcharse a casa tres horas después. Sabe que sigue solo, que la otra mitad de su cama amanecerá intacta y fría como toda la vida, pero está contento con sus viejos y sus viejas, porque ya son suyos.
        Llega diciembre y con los preparativos de la Navidad un regalo de Reyes adelantado le congela cada músculo. Inma, una de las del grupo de nuevos amigos del centro, ha aparecido con alguien nuevo. Se trata de Rocío, una vecina de Inma a la que ha logrado convencer después de dos años para que salga de casa. Tiene la misma edad que Miguel, pero una vida diferente que le fue minando y ensombreciendo la personalidad. Inma la presenta a la gente, Miguel consigue despertar de su estado catatónico gracias a la ternura que le provoca ver a doña Rocío en su primer día. Se saludan brevemente, él porque está sobrepasado y necesita salir ya de allí, ella porque se ve arrastrada por Inma, que no quiere perder ni un segundo en hacer que su amiga se reconcilie con la vida.
        Doña Rocío vuelve días después, aún bajo el ala de su amiga pero más relajada y reconociéndose a sí misma que está encontrando su lugar, un lugar que creyó perdido cuando el cuerpo le dijo basta y se vio obligada a jubilarse antes de lo que necesitaba. Con su nieta y su hija alrededor todo cambia, pero los días se vuelven siglos cuando se queda sola.
El inglesito, sin embargo, lleva días sin aparecer y todos están preocupados. Ciertamente lo conocen desde hace muy poco y aunque es de los más jóvenes y sanos del centro, a todos les asusta recibir de nuevo la misma mala noticia que siempre pulula por el lugar. Miguel lleva días paseando por la orilla de la playa ensimismado en sus pensamientos y recuerdos. Rocío fue su primer amor, el de adolescencia, aunque ella nunca lo supo. Y no es que el repentino encuentro le haya devuelto a aquellos años, hace mucho que dejó de esperar nada del amor, pero no puede ocultarse que algo se le revolvió por dentro. Decide que se tiene que dejar de pamplinas con la edad que tiene y se presenta en el centro para la reunión sobre la fiesta de navidad que hacen todos los años. A los que faltan y ya no volverán los relevan los nuevos como él y como doña Rocío, que ya ha salido del pozo gracias a esa panda de viejos.
        En los días venideros se cruzan miradas, se saludan, se preguntan y responden para conocerse hasta que pronto doña Rocío descubre que ya se conocieron una vez. Don Miguel consigue mostrar al hombre que ha sido siempre y no al chaval tímido y vergonzoso que era ante cualquier presencia femenina. A doña Rocío le sorprende ese contraste con el recuerdo vago que conservaba de él, pero le gusta. Cada vez conversan más, fuera y dentro del centro, comparten gustos, aficiones, intereses. Sin nada más de por medio, por increíble que le parezca tras sus malas experiencias, pero don Miguel es transparente y de mirada limpia. 
Sus vidas que tempranamente convergieron en las aulas, luego tomaron rumbos muy diferentes. Miguel se licenció, Rocío dejó la universidad cuando se quedó embarazada por accidente. Miguel emigró, viajó, exploró. Rocío cortó con todo por seguir ciegamente al padre de su hija hasta Canarias. Cuando la venda cayó regresó para sacarla adelante por sí sola con la ayuda de su madre y relegó para siempre el lugar prioritario en su propia vida.
        Ahora, en el invierno de sus vidas, vuelven a converger en tiempo, lugar y circunstancias. 
En el enero de su reencuentro una primavera adelantada ya germina en sus miradas. 
        En el carnaval de la calle, a resguardo del fuego cruzado de coplas y aplausos, se quitan la máscara de prejuicios y habladurías y en una casapuerta cualquiera devoran de los labios del otro el amor que les quedó pendiente y que huyó de ellos durante tanto tiempo que marcó sus vidas.
Cuando sacian sus ansias Miguel rompe a reír de tal manera que Rocío no sabe cómo tomárselo. Miguel termina de cantar mentalmente una vieja copla abrazándola y besando su melena de azabache apagado, antes de responder que simplemente ya se puede morir tranquilo. Ella le dice acariciando con el pulgar la barba canosa, que ni se le ocurra, no ahora que a sus sesenta y cinco años tienen toda la eternidad por delante.
Salen de nuevo a la calle ya vacía con la ternura fundida en sus manos. El viejo Miguel le canturrea aquella cuarteta a la vieja Rocío mientras caminan de vuelta al mundo. Unas risas adolescentes estallan al doblar la esquina.

El solo estaba de paso
en el mercado clandestino,
riéndose con su cigarro
y con su vasito de vino.
Aplausos para el romancero.
La calle despide a la gente.
Ella se cruzó en su sendero.
Ocurrió no más, simplemente.
Ella brilló y dijo bueno,
él dijo vente.
Y en un portal se entregaron,
desnudaron sus labios,
los dos se devoraron,
aún les llegaba el eco
del jaleo burlesco
y su jajarear.
Salieron del escondrijo
como gato sin cola,
como padre sin hijo.
Se echaron a la vida,
en cada mano cosida
la piel de otro animal.
Él tiene sesenta años,
ella ahí, ahí andará.
Él tiene sesenta años,
ella ahí, ahí andará.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Mi juguete más preciado

 Aprovechando la collá (aunque oootra vez he vuelto a tardar) del tremendo relato En la ventana me escondo que se marcó mi amiga Claudia de Sin título , aquí traigo lo mío.
Por cierto, que se aceptan alternativas a este título, que... no se yo, no se yo.

Gracias por leerme.


Mi juguete más preciado

        "...Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en los compartimentos superiores o debajo del asiento delantero. Por favor, durante la maniobra de despegue manténganse con el cinturón de seguridad abrochado, su mesita plegada y la ventanilla subida. Gracias por su atención y feliz vuelo."

        Cuando por fin se hace el silencio y el avión comienza su movimiento hacia la pista, en la fila 1 la abuela Sabiñe está muerta de miedo. Nació en los años treinta y el pánico a estos aparatos no es más que consecuencia del bombardeo en su Gernika natal, al que sobrevivió con tan solo cinco años. Hoy por primera vez se sube porque la boda de su nieta Iratxe, que la acompaña, así lo merece.
Lo que no sabe Sabiñe, es que la belleza que contemplará por su ventanilla durante las tres horas de vuelo le ayudarán a coser unas heridas a duras penas remendadas desde aquel maldito día. Lo que no sabe Iratxe, es que al aterrizar, su amona ya estará preparada para partir definitivamente. Esperará simplemente a que la luna de miel acabe para no arruinar la felicidad de su nieta.
        En la fila 18 a Lizzie la sonrisa y la felicidad le han secuestrado los sentidos cuando vislumbra ahí abajo las superficies africanas con las que lleva soñando desde pequeña. Por el reflejo observa la cara de enamorado de Mark, su marido, que se ha gastado tres cuartas partes de sus jóvenes ahorros para regalarle la luna de miel perfecta.
Lo que ninguno de los dos sabe, es que en el viaje de vuelta una nueva sonrisa irá con ellos mientras se gesta en el vientre de Lizzie.
        En la 11 Amadi, de quince años, mira por la ventanilla un grupo de niños jugando con una madeja de telas a la que llaman pelota, en el campo de tierra al otro lado de los límites del aeropuerto. A su lado, un representante del Ajax holandés se esfuerza por hacerle el viaje más llevadero, tras dejar atrás a toda su familia en su pequeño pueblo de Camerún.
Lo que Amadi, que significa "hombre libre", no sabe aún, es que veinte años después regresará a ese mismo campo de tierra para inaugurar una de las veinticuatro academias de fútbol que abrirá en su país, con el dinero ganado en su exitosa carrera por las mejores ligas europeas.
        Al fondo, en la 31, Natu no concibe el sueño aunque sea de noche y cruzando el charco desde Buenos Aires no pueda verse nada por su ventana. No le importa en absoluto, porque la ilusión que tiene en el cuerpo desde hace una semana le muestra escenas de los países europeos que está a punto de recorrer en la primera aventura de su joven vida.
Lo que Natu no sabe, es que en su valija de vuelta a casa, además de souvenirs, llevará el corazón de una mexicana y de un "gallego" a los que conocerá de la nada a su paso por Amsterdam y con los que formará un todo que sobreviva a los kilómetros y los años.
        En la fila 22, junto a los motores, Antonio ignora por completo la vista de su ventana. Por educación prestó atención a las instrucciones de la tripulación, pero desde que el avión despegó de suelo inglés hundió su mirada en un bloc de notas donde está llorando la repentina muerte de su padre. Cuando termina de escribir tiene miedo de ver por su ventana cómo ya se aproximan a una realidad que no quiere.
Lo que Antonio no sabe, es que la fuerza de su familia disolverá su miedo a tener que abandonar el sueño que persigue en Inglaterra desde hace unos años.
        En la 26 y la 27 un grupo de seis amigas veinteañeras inglesas se comportan como gallinas en un corral bajo el efecto de las copas de prosecco que tomaron antes de embarcar.
Lo que no saben es que regresarán solo cinco, sin maquillar, sin modelitos, en silencio, con los ojos hinchados de llorar la muerte de Jen, la que ahora mira por su ventanilla con ansias de desfasar en Mallorca tras unos años durísimos de estudios.
        Elena, canaria, en la 9, pega su cabeza al cristal para que el pasajero de al lado no la vea sollozando. Debería estar loca de ilusión y de positividad imaginando que pasa el casting para un nuevo musical en Barcelona, su destino. Sin embargo, le invade la pena porque su padre le retiró la palabra cuando decidió "arruinar su vida", en palabras de él, abandonando la carrera de administración de empresas y su futuro como directora del hotel.
        Lo que Elena no sabe es que, cuando regrese en unos meses con la dignidad entre las piernas, su padre será el primero en secar las lágrimas de su princesa en el aeropuerto.
        En la fila 15 Beatriz regresa a casa por Navidad y haciendo balance del año que ya acaba, se da cuenta de que le cuesta recordar la Beatriz que era hace tan solo unos meses. El cambio a una gran ciudad como Barcelona la aterrorizaba, pero llevaba años peleando por una oportunidad laboral así y no podía desecharla. El síndrome de la impostora ya no lo sufre más y aunque echa de menos a los suyos, sobrevuela su nuevo lugar con la autoestima tan alta como las nubes que contempla.
Lo que Bea no sabe, es que el show no ha hecho más que empezar.
        Algunas filas por detrás, en la 20, la rabia de Janice le impide soltar una lágrima ni siquiera por la frustración de dejar atrás en Venezuela toda una vida que ella sola peleó. Solo quiere recuperar la dignidad personal y emocional que otorga un trabajo a la altura de sus capacidades.
Lo que Janice no sabe, es que en mitad de las dificultades y las malas situaciones que experimentará, una mano cómplice la ayudará allá en Europa sin pedir nada a cambio. Una mano cómplice con la que un día enredará sus dedos y podrá por fin llamar hogar a ese país extraño al que vuela.
        Luc, en la 14, mira sin mirar por la ventana cada vez que trata de memorizar nuevas palabras y frases útiles en Tamil, una de las dos lenguas habladas en Sri Lanka, donde se dirige para aclarar sus ideas durante un par de semanas, después de abandonar la empresa a sus cuarenta y tres años.
Lo que no sabe Luc, es que en dos semanas, en el aeropuerto de Colombo sonará su nombre por el altavoz en la última llamada para su vuelo de regreso y él no embarcará.
        Raquel, recién jubilada, sentada en la 5, se despide de Francia tras más de media vida y suelta largos soplidos para recomponerse de la emoción del momento. Regresa a la ciudad natal de donde la desterraron sus supuestos seres queridos para disfrutar de sus últimos días en paz.
Lo que no sabe Raquel, es que
Disculpe señor.
¿Sí?  -Respondo por inercia como despertando repentinamente de una siesta profunda.
¿Su pasaporte y su billete, por favor?
Oh sí sí, disculpe. Aquí tiene.
Muchas gracias.

        Así, de buenas a primeras, me encuentro bajando las escaleras para salir al exterior y de ahí a embarcar en mi avión. Así, de la manera más simple, con mi juguete más preciado, se me ha pasado el tiempo volando (por supuesto), observando a la gente pasar en este hormiguero y creando historias, a ratos dichas, a ratos contadas. Echando al caldero sus gestos, sus miradas, su lenguaje corporal, sus lenguas, sus estados de ánimo.
Hagan la prueba. Ustedes también tienen este juguete y lo pueden disfrutar en muchas partes. Hagan la prueba.
Yo, a pesar de la interrupción de la señorita, voy a seguir jugando durante el vuelo. Tantas historias como pasajeros vea, tantos finales como pueda descifrar. Sobre todo hoy, que además me ha tocado pasillo.

...Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en...

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Nuestro mejor enemigo

Aprovechando la collá (aunque ya hace más de un mes 😳) del relato Los amantes de mi amiga Claudia en su blog que trataba sobre el amor (no hay sorpresa) se me encendió la bombillita y aquí regreso con una peculiar historia de amor escrita con todo el respeto y cariño. Espero que tenga buena acogida.

Gracias por leerme.


Nuestro mejor enemigo

Julia: No me convence eh. Cuando lo tenía ahí en la cama sí, pero ahora con él puesto...

Vieja: ¿Pero qué dices loca? Si te queda estupendo y no me digas que tú misma no te ves sexy que a mí no me engañas.

Joven: Lleva toda la razón. Te sienta muy bien y ante todo tú te sientes bien. Si paraste en seco cuando lo viste en el escaparate por favor.

Julia: Sí pero ahora me doy cuenta de que quizás me lo compré más mirándome con tus ojos que con los míos propios.

Joven: Déjate de pamplinas que tenemos las dos el mismo talle. Que de tal palo...

Julia: Sí, y una mierda el mismo talle. Aaaaaah ¿pero qué haces bruta? Que me vas a hacer un cardenal.

Vieja: Pues déjate de tonterías que con el cardenal viene la hostia.

Joven: ¡Jajajajaja!

Vieja: Que la niña tiene razón y ese es el vestido perfecto para esta cita. Y si te lo compraste imaginándote como ella y no como yo por algo sería. Coño que llevamos diez minutos aquí metidas para un puñetero vestido. Esta no es la mujer empoderada que yo he parido eh.

Julia: Bueeeno, vale vale señora. Ya me callo, lleváis razón las dos con el vestido. La verdad que sí, que me encanta jijijiji.

Vieja y joven: Al final te llevas la hostia.

Las tres: Jajajajaja.

Julia: Venga va jajaja. Siguiente paso, el pelo, que todavía tengo que enchufar la plancha.

Vieja: Espera espera cariño. Sé práctica. Acuérdate de la última vez que te alisaste el pelo. Que sí, que te quedó estupendo pero al día siguiente no paraste de llorar porque querías tu pelo ondulado de vuelta.

Joven: Y al otro.

Vieja: Y al otro también.

Julia: Va, sí, es verdad. Abortamos plancha. Voy a estar yo aquí fabricando otra yo para que luego él en diez minutos ya se de por arreglado.

Vieja y joven: Esa es mi niña.

Las tres: Jajajaja.

Joven: Ay qué ilusión, ya me imagino ese momento romántico de vuestro primer beso. Cuando te agarre la mano y te diga que te quiere mirándote a los ojos.

Vieja: Bueno, bueno, no me la embales que luego pasa lo que pasa y nos cuesta una eternidad levantarla.
Tú simplemente disfruta, déjate llevar. Pero disfruta por ti y siendo tú misma. Y si sale rana pues por lo menos no tendrás que arrepentirte de haberte comportado como alguien que no eres.

Julia: Sí, muchas gracias. Gracias a las dos. Tengo ilusión y miedo al mismo tiempo.

Joven: Supongo que es normal, pero... ¿miedo por qué?

Julia: Pues porque ya no soy como tú, ya estoy en mis cuarenta... puff Que no soy un pibón y no se fijan en mí como lo hacían antes. ¿A quién quiero engañar?

Vieja: Pues por lo que veo, a ti misma. Claro que no eres "físicamente" un pibón.

Julia: Ah, muchas gracias.

Vieja: Escucha pedazo de cacho de trozo. "Físicamente" puedes no ser un pibón si te comparas con el bombardeo constante de belleza juvenil al que estamos sometidos y sometidas ya diría que casi por cultura. Pero la medida la tienes que poner tú, no tienes que compararte con nadie. Físicamente puedes no ser un pibón para los demás pero que les den a los demás. Tienes que serlo para ti. Y sobre todo, personalmente eres un mujerón y eso te lo han dado tus cuarenta, no reniegues de ellos. 
Ya no recuerdo cuántas veces nos hemos visto las tres aquí delante de un espejo, pero no nos vamos a cansar, a menos que tú nos eches.
Andaaa ahora a llorar. Menos mal que aún no te has maquillado.

Julia: Jajaja ay es que no estoy acostumbrada a que me digan esas cosas. Me emociono, jo.

Vieja: Pues hija mía, no será porque no llevo años repitiéndotelo. Destierra ese miedo y dale rienda suelta a la ilusión, aunque... sin pasarte.

Joven: Sí, vale, muy bien el discursito pero la realidad es difícil de... de... de afrontar.

Vieja: A que al final te llevas tú la hostia, niñata. Que la realidad sea difícil de afrontar no quiere decir que se seje doblegar sin más. Su realidad la construye ella día a día , aunque aparezcan piedras en el camino.
Y de eso, chissst.

Julia: ¡Ay qué!

Vieja: Que me mires cuando te hablo. De eso también te tienes que dar cuenta, de todo lo que llevas conseguido. De verdad que te miro y no te reconozco. ¿Dónde está esa seguridad que tienes para otras cosas?

Julia: Pues... supongo que la gasto toda en esas otras cosas. Me estáis agobiando eh.

Vieja: No guapa, te agobias tú sola porque sabes que llevo razón en lo que te digo.

Julia: Lo de esta tarde es diferente. Es como nadar en un mar diferente al del trabajo o la familia, los amigos.

Vieja: Anda ahora la Jacques Cousteau.

Joven: ¿Quién?

Julia: Solo digo que tengo miedo porque nunca tengo suerte en el amor. Por una razón u otra se acaba yendo todo a la mierda.

Vieja: Y yo solo digo que no eres tú la razón que lo manda todo a la mierda, que a veces no hay culpables cariño.

Joven: Y yo solo digo que no siempre tiene que ocurrirte lo mismo. No puedes ir a esa cita con esta mala energía.

Julia: Pues no voy, ea, porque no tengo "buena e-ner-gí-a" con la turra que me estáis dando.

Vieja: Sí la tienes, la tienes dentro de ti si eres capaz de mirarte al espejo más allá de maquillajes, vestidos o peinados.

Joven: Mírate y verás que eres la mujer que yo soñaba ser.

Vieja: Mírate y quédate con quien te mire como yo te estoy mirando.

Julia: ¿Estáis hablando de...

Vieja y joven: Amor propio.

        Cuando Julia levantó la cabeza y se topó con el espejo de su baño le pareció ver cómo se esfumaban en él la vieja y la joven dejando su sonrisa flotando como el gato de Alicia. La batalla en su cabeza había terminado y la expulsó definitivamente repitiendo en voz alta "amor propio".
Irguió su espalda y comenzó a maquillarse como le dió la gana porque le dió la gana.
Los zapatos, el bolso, las llaves, el móvil... y su amor propio.

miércoles, 17 de julio de 2024

Aprovechando la collá. Tiempo de vida

            Aprovechando la collá de lo que publicó la buena de Claudia en su blog La sombra desahuciada (claudianotienetitulo.blogspot.com) hace algo más de una semana, regreso a la senda del relato de ficción. 
Solo un aviso, mmm me ha salío largo, espero que eso no os eche para atrás y lo disfrutéis.

Tiempo de vida

        Lentamente la luz tibia del amanecer empieza a bañar la plaza, sus edificios colindantes y también la estatua de Moret mirando al muelle.

De la sombra de la noche en los escalones del monumento algo se mueve, el único signo de vida a estas horas junto con los primeros arrullos de las palomas.

Se palpa la cara al notar la claridad en los párpados con la mano pegajosa del vino que vertió anoche. Se diría que es la sombra de un rey, con los escalones por trono, el sombrero de copa por corona, el chaqué por manto regio y la botella agotada por cetro.

Al sonido de palomas y gaviotas ya comienzan a sumarse el taconeo de las cigarreras, los portuarios más madrugadores, la premura de hombres de bien y hombres de Dios buscando las últimas sombras de vuelta a casa para evitar cuchicheos. El olor de los primeros cafés, el bastón del sereno y al fin las campanas de la Catedral rescatan de golpe al elegante borracho de los brazos de Morfeo. Con los músculos entumecidos aún por el frío de la noche, consigue moverse al otro lado del monumento, buscando el calor de los primeros rayos.

La vida en la ciudad ya palpita y el arruinado millonario observa la escena mirando al muelle. El tiempo va pasando y tal es su quietud, que una paloma lleva un largo rato posada en la copa de su sombrero como si nada. Y como si de una sombra se tratara, se da cuenta de que ningún transeúnte ha reparado en él.

Siente su tez pálida algo acalorada por la larga exposición al sol, así que busca el lado al que apunta la sombra de don Segismundo para moverse de nuevo. Perdió hasta el reloj de bolsillo pero calcula que deben ser alrededor de las diez ya. Hace un rato las campanas llamaban a misa de nueve pero el levante aún no ha traído la sirena del vapor. Cuando siente la necesidad de buscar otra vez el calor de la luz, rebufa al ver cuánto se ha desplazado ésta y el esfuerzo que le va a costar. La resaca debe estar desapareciendo porque su pensamiento vuelve a ser más lúcido. No recordaba que su barba fuera tan profusa, pero no se lo cuestiona. Siente el picoteo de la paloma agujereando su sombrero, pero no se inmuta. Prefiere cerrar los ojos y disfrutar el calor del sol, el olor de los primeros guisos llegando de balcones y tabernas, los pregones de los vendedores ambulantes.

Vuelve a refugiarse del lado de la sombra bajo ese improvisado reloj de sol en que se ha convertido el monumento. Y a la sombra observa el espanto de discusiones cada vez más encendidas que acaban en gritos y llantos, proclamas de libertad y de orden, puños en alto y manos extendidas. Será que la resaca no había pasado aún como se pensaba o quizás de nuevo el sol lo había alcanzado y todo era fruto del ensoñamiento de la siesta, a pesar de que ni había comido ni tenía apetito.

No, definitivamente algo pasa. Abre los ojos de par en par y no puede creer lo que ve. Un ruido horrible de unos vehículos de metal, pero completamente de metal. ¿Esas ropas? Sí, las mocitas se ven bonitas pero… ¿y los jóvenes? ¿cómo es posible que lleven el pelo tan largo como ellas?

Ha debido enfermar de locura, solo puede tratarse de eso. Se tapa el rostro en un vano intento de huir de esa pesadilla y observa sus manos bronceadas como los de cualquiera de sus empleados y sirvientes, además de mugrientas y resecas. La barba desgreñada, la paloma anidada en su sombrero, su chaqué sucio y agujereado.

No entiende nada y aceptando su supuesta locura rompe a reír a carcajadas que deben llegar hasta el edificio del ayuntamiento al fondo de la plaza. Sin embargo, sigue siendo ignorado por todos los transeúntes. Los jóvenes de modales inaceptables, los niños jugando a ese deporte que trajeron los ingleses, las señoras haciendo ellas mismas los recados y las faenas de la casa. Oh y sus esposos cantando orgullosos esas coplas indecentes de la chusma más analfabeta.

Pero no se mueve de ese islote. Por un lado no tiene fuerzas, por otro, no puede apartar su atención de la vida que se desarrolla en la plaza cuando el sol ya empieza a esconderse tras la Catedral. Ha dejado de cuestionarse todos esos cambios de la gente, de la moda, de la propia plaza. Se ha vuelto loco sin más. Loco, arruinado, sucio y harapiento. Es normal que todo el mundo lo ignore, él mismo lo haría. Él mismo ya había ignorado antes a muchos vagabundos y mendigos. Ahora, al parecer, de la noche a la mañana, se había convertido en uno, aunque ni vagaba ni mendigaba. Llevaba todo el día allí plantado contemplando la vida pasar ante sus ojos. ¿De verdad tantas cosas podían suceder en tan poco tiempo? ¿tantas sensaciones, tantos sentimientos, pensamientos, reflexiones? Nunca había sido consciente de ello. Un hombre como él, nacido para el éxito y ambicionar más éxito no tenía nunca tiempo para entretenerse en esas tonterías.

Una sonrisa de sensatez apareció en su rostro cuando miró hacia arriba y comenzó a admirar las primeras estrellas mientras los tonos anaranjados del atardecer iban desapareciendo de las fachadas.

Mientras, la gente de nuevo gritaba, parece que de alegría esta vez. Banderas y más banderas, rojas y amarillas, verdes y blancas, amarillas y azules. Siente la alegría de un niño y la contención de un viejo.

Ya vuelve la noche, pero ese invento revolucionario que llamaban luz eléctrica parece que funcionó y se fascina con las sombras en sus diferentes tonos. También se entristece viendo algún cuerpo decrépito vagando o escondidos en los rincones más oscuros con unos papeles plateados. Vuelven los gritos, de furia, de obreros vestidos de azul, una humareda a lo lejos en mitad de la bahía. Para ver su propia ciudad no ser ni la sombra de lo que fue, mejor dormir y rezar para que el amanecer lo despierte en la comodidad de su casa, veinticuatro horas antes de ese sinsentido.

Pero, por otro lado, tampoco quiere conciliar el sueño. Todo lo que ha experimentado le ha cambiado por completo. Ha observado, ha aprendido, ha admirado, ha comprendido. Siente que ha vivido, allí sentado e ignorado, a la sombra de la sociedad a la que pertenecía, más que en toda aquella exitosa vida qué recuerda tan lejana. Harapiento y mugriento por fuera, tal vez. Pero se compara con esos paisanos suyos que miran hacia abajo a no sé qué cosa que llevan en sus manos o con los que corren como el conejo de Alicia o con esos otros de rostros ensombrecidos de enfado y se siente más millonario de lo que era la noche previa antes de que llegara, a saber cómo, a los pies de Moret. Loco, tal vez, pero en el fondo no quiere despertar al amanecer y perder esa fortuna que nunca valoró.

Por el resto de la noche tan pronto rompe a llorar como a reír, continuamente, hasta que ve como la luna de plata comienza a bajar tras la cúpula de la Catedral. Saca fuerzas para levantarse y gritarle a la desesperada que por favor no se vaya.

Debajo de su longa barba descubre una tremenda rotura de su chaleco que alcanza hasta su muda interior blanca. Cuando pasa los dedos, imágenes golpean su mente y en cuestión de segundos todo encaja. La timba clandestina, las cartas, el último vano intento de no perder su negocio y la casa familiar, la falta de respiración tras los puñetazos en el estómago, el dolor intenso de aquella hoja penetrándole, aquellas últimas palabras de su verdugo: “perdido el tiempo, perdida la vida”.

La mañana del 19 de abril de 1913 su cuerpo fue encontrado inerte bajo el monumento de don Segismundo Moret. Su espíritu lleva más de cien años vagando libre por las calles contemplando las luces y sombras de la historia de su ciudad, riéndose a carcajadas de tantos millonarios equivocados.

Lástima que tuviera que perder la vida para convertirse en millonario de verdad.

martes, 4 de junio de 2024

Aprovechando la collá. Lucecita lucecita

        Aprovechando la collá, aunque con algo de retraso, que el blog amigo Sin título (claudianotienetitulo.blogspot.com) hablaba así sobre el bloqueo del escritor, aquí os dejo lo que me sugiere a mí dicho tema, lo que experimento cuando quiero escribir. Eso sí, os lo dejo a mí más puro estilo.

Lucecita, lucecita

        A tientas en la oscuridad voy dando primeros pasos. Con las manos extendidas todo el tiempo, a los lados, arriba, al frente o por el suelo. En las profundidades de esta mina la inutilidad de los ojos da galones a las manos para identificar por dónde prosigue esta galería que en algún punto acabará en la superficie, ya sea a la luz del sol o de la luna.
        Hay bifurcaciones en estos túneles que son una lotería y para llegar a acertar hay que jugarla. A la izquierda puedo avanzar cómodo por un rato... o no. Si continúo recto puedo pensar que estoy en el buen camino, pero a lo mejor se bloquea de repente y tengo que desandar lo andado. ¿si es a la derecha? Aunque sea a gatas y con paciencia resulta que después la gruta se abre, la oscuridad baja un tono, los ojos recuperan su mando y los pasos se dan solos como un paseo triunfal. Sea por donde sea hay que probar una y otra vez. Descansar cuando sea necesario y por cuanto sea necesario. No importa lo que dure la misión, la meta existe en algún lugar aunque no la pueda ver aún.
        Cuando encuentro la senda correcta o al menos esperanzadora, la oscuridad se vuelve benevolente y las luciérnagas que habitan este nivel van guiándome con su revoloteo. Hay que saber no apresurarlas para que no huyan asustadas y vuelvan a dejarme a oscuras. Con su titilante lucecita voy descubriendo las piedras preciosas que necesito hoy.
Una bandera pirata, la huella de un dragón, la lanza de un romano. O quizás las lágrimas de una viuda, la colilla del cigarrillo de un gángster, los besos de unos amores imposibilitados -que no imposibles-. 
Cuando encuentre lo que necesito para salir hoy de aquí lo sabré. Así, con el diminuto faro de la luciérnaga iré conformando mi camino de vuelta a la superficie, dejando un reguero de palabras en cada pisada.
        No podré evitar una vez más la sonrisa cuando en el quicio de la salida lea lo que un tal Lope dejó gravado con su pico de pluma:

"Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto.
Catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante."

Y mañana... mañana ya será otra historia.

jueves, 2 de mayo de 2024

Aprovechando la collá. Viaje al centro de mis sueños

    Aprovechando la collá de que el tema del finde pasado en el blog amigo https://claudianotienetitulo.blogspot.com/ versaba sobre la fragilidad de las ilusiones, de los sueños, he preferido recuperar un viejo escrito mío antes que escribir algo nuevo. Simplemente porque lo que significa para mí encaja muy bien con la propuesta y además es una de las piezas de las que más orgulloso me siento. Espero que os guste.


Viaje al centro de mis sueños

    Son las 8.58 en mi reloj cuando la luz maternal y tajante de la mañana me despierta los sentidos. Echo la vista a un lado y desde mis alturas contemplo maravillado tras el cristal el más hermoso de los paisajes. De mi memoria van despertando las fotografías que tomé de recuerdo y que me hacen tomar conciencia de que hasta hace solo unas horas yo estaba besando más que pisando ese mundo de naturaleza indómita que ahora visto desde aquí arriba parecía adormecido como un bendito. 

    La luz baña en canela el mar en calma que se extiende alargado justo debajo de mis ojos. En la otra orilla aún es de noche y la brisa le provoca escalofríos a los campos de trigo. Sobrevuelo los volcanes gemelos y el recuerdo de la escalada hasta su cima me saca la sonrisa del que vence por buena fortuna. Al norte por la otra cara descendí sin freno directo al centro de una tormenta del revés, acelerada y latente. Exploré todo el territorio de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, de una cordillera a la otra, de un umbral del mundo al otro. Y como el mundo hacia afuera se acababa volví adentro para descubrir por mi mismo la región más viva, más inquieta y más diversa de este nuevo planeta. Revivo ahora desde aquí arriba el mismo placer contemplando cómo el amanecer dibuja en ese lienzo una obra de arte. Como no me decidía por ninguna de las dos vertientes, ataqué ambas por igual. Por la derecha la excursión me entretuvo el olfato con un perfume excitante que me guió hasta la fuente de los deseos, donde hay que proceder con los pasos tradicionales que todo turista conoce. Primero envuelves tu deseo en un susurro, luego lo sellas con un beso y por último lo arrojas dentro para que del mismo centro del planeta reverbere una respuesta. Por la izquierda hice escalada a mano desnuda para disfrutar de la textura del terreno y al final del recorrido, para volver a hacer pie, hay que coger impulso agarrándose a una enredadera. 

    Así me ví atrapado en una suerte de selva de esas con las que el viento baila un valls y la luz calla a los poetas, peinando sin descanso aquella tierra revuelta convertida en laberinto. Laberinto que se contempla tan sencillo ahora desde aquí arriba, con una amplia salida al frente para descender a la misma boca de unos infiernos donde el ángel caído más bien se hubiera suicidado. Aún es de noche en la otra cara del planeta y la luz del día se empieza a bañar en dos lagos donde ahogarse no es ninguna agonía, sino el fin de ésta. Los campos de amapolas siguen tan sonrojadamente florecientes como cuando me tumbé en ellos para secarme tras mi baño. Así al atravesarlos me lancé hacia el sur en un vuelo sin motor donde perdería el norte y aterricé en la planicie de un desierto con un pozo que jamás sacia tu sed. Y aunque el destino final estaba cerca había aún más sur por explorar y no podía desaprovechar la oportunidad en un viaje que uno nunca sabe si volverá a realizar. 

    Sigue siendo de noche en la otra cara del planeta, pero en ésta la claridad me permite ver las huellas del camino que recorrí hasta un "finis terre" rocoso. Un callejón sin salida que obliga al viajero a desandar sus pasos por la ruta del interior, de clima más cálido si cabe, con un paisaje desierto y que casi en línea recta devuelve las energías al caminante, que contempla cada vez más cerca la última estación de su viaje a este mundo de continentes profundos y patria sin bandera. El arco de la catedral se hacía más grande a cada paso, la catedral donde el peregrino rinde su ofrenda a Venus y la diosa obra su milagro. Primero recuperé el aliento en sus capillas laterales. Debía poner todos los sentidos para disfrutar de la enésima maravilla que me quedaba en este mundo. El tacto en los campos de trigo, el olfato en la fuente de los deseos, la vista buceando en los lagos, el gusto en los infiernos, el oído adicto mendigando su droga en cada esquina. 

    Si Stendhal hubiera sabido contemplar este mundo como yo lo he amado, no habría Florencia alguna que le provocara un suspiro. Si yo hubiera podido ser cuanto sueño, no habría Calderón que rimara dos verdades.

Son las 9 y un mensaje aparece en mi teléfono:

"Ey, espero que llegarás bien a casa. ¿Ya estás despierto? ¿qué haces?"

Respondo:

"Nada, solo soñaba".


final alternativo

La alarma de mi reloj me detiene, son las 9 en punto y ese mundo que fue el mío gira sobre su eje, trayendo el día también a la otra cara del planeta.

-¿Qué haces despierto?

-Nada, sólo soñaba.





viernes, 26 de abril de 2024

Aprovechando la collá. Culpables todos

     Aprovechando la collá del tema propuesto el fin de semana pasado por el blog Sin título (claudianotienetitulo.blogspot.com) , renunciar, aquí dejo lo que se me ha ocurrido a mí.

    Culpables todos

    Sigo sin entenderlo pero eso ya no importa, no me queda otra que aceptarlo. No eres ni el primero ni el último que me abandona a la francesa.
Donde quiera que sea el rincón al que te vas, espero estar a tiempo aún de que leas este mensaje.
    Siento mucho haber sido mala contigo, te juro que no soy así, que nunca he querido hacerte daño, ni a ti ni a nadie. Es que siempre me tienen ocupada con millones de cosas y joder, al menos estarás conmigo en que los demás no colaboran. Ellos también podrían haberse dado cuenta de lo mal que estabas, mandarme señales de aviso o algo. Me las hubiera arreglado para encontrar la manera de que no renunciaras.
    Oí rumores, no lo voy a negar, de que llevabas ya un tiempo apagado, como con una sonrisa a lo Mona Lisa. Échame la culpa si quieres, estoy acostumbrada después de tanto tiempo. Llevaba apartada de ti bastante tiempo, la verdad, pero como te digo, en momentos así los que dicen estar a tu lado son los que deben demostrarlo. Menos mirar para otro lado, menos comentar a terceros que estás apagado, menos pensar que esto no va conmigo ¡joder!
Ya sabes cómo es mi trabajo, hoy aquí, mañana allí. Todos lo saben, de hecho. Hubiera acabado volviendo, ojalá hubieras esperado un poco más. Con su ayuda seguro que hubiera sido así, pero claro, es más fácil para ellos ponerme ahora como la mala de la película. Recibirán la noticia con estupor y tristeza, pero pocos harán autocrítica, pocos se reprocharán no haberte preguntado qué tal estabas, pasar un rato contigo. Darte un poco de luz, vaya, si es que te veían tan apagado. Ellos fueron los primeros en renunciar a ti, ellos también podrían haberte ayudado en mi ausencia, ¿o es que tengo que estar yo en todo? ¡joder!
    Bueno, tengo que dejarlo aquí, la policía ya está bajando por el puente.
Esta carta se la dejo al barquero para que te la entregue. No es la moneda que suele cobrar, pero a mí me fía.
Siento mucho que hayas renunciado a la vida.

Con cariño, la Suerte.

sábado, 20 de abril de 2024

Aprovechando la collá. Encaidenao

    Aprovechando la collá de inaugurar el Juntaletras, qué mejor tema que el sentimiento de pertenencia, sintiendo que me saldrían las páginas a raudales si no fuera porque, reflexionando, me doy cuenta de que dichas páginas llevan toda mi vida saliendo.
    Nacemos en una esquirla del mundo sin ninguna opción de réplica. Pero yo a mi madre no puedo replicarle nada por parirme gaditano viniendo ella de Almería.
Llevo toda una vida enamorado de mi tierra y mi gente, algo inevitable, aunque un cuarto de dicha vida, con tendencia a convertirse en mitad, no pueda ni respirar su salitre más que de vacaciones. Sí, soy uno de tantos emigrantes a los que el sentimiento de pertenencia, ya de por sí potente, se le multiplica en un aeropuerto o en una estación de tren.
    Supongo que según la persona, según la experiencia vivida o según el lugar, ese sentimiento hacia la patria chica (en realidad la verdadera) es más o menos fuerte.
En mi caso no puedo evitarlo. He derramado versos a la vera del Arno en Florencia y del Támesis en Londres, en la mayoría de mis escritos terapéuticos hay referencias a nuestros poestas de febrero. Sé que los gaditas nos ponemos muy pesados con la misma cantinela, pero es inevitable. Y si además, como en mi caso, no te da la gana de evitarlo, pues pa que te vi a contá.
Qué le hago yo si la entonación de un pisha y un shosho en fa sostenido me da calambre en los labios. Qué le hago yo si cuando me voy a la Puntilla, los pinos y el Castillito me trasladan a los veranos más veranos. Qué le hago yo si le rezo a los dioses en los que no creo para que el Cadi se salve. ¡Qué le hago yo, Cadi!
Ay, perdón, que he perdido la compostura y no sé dónde la he puesto.
    Sentirse de un lugar es necesario, la garita donde refugiarnos cuando arrecia la tormenta. No se trata exclusivamente de un lugar geográfico sino también en el tiempo, por las emociones que nos hicieron sentir felices o al menos en paz. Es la excepción al famoso verso "allá donde fuiste feliz no debieras tratar de volver".
Yo necesito volver, perderme por sus calles y plazas, las de El Puerto y las de Cádiz. Necesito bañarme en su luz, sonreír con el acento de las marías, despertar el "age" con denominación de origen que hiberna en mí el resto del año en las bajas temperaturas del norte. Necesito oler el pescado por la plaza de abastos, el vino por las bodegas y bares, los camarones saltando en el vasito de vino como unidad de medida. Necesito contemplar la estampa de Cádiz al otro lado de la bahía, presentarle mis respetos a la piedra desnuda en la bajamar recordando a mi padre mariscando.
Son los eslabones a los que doy lustre para mantenerme "encaidenao" a la libertad de mi hogar.
Lo demás es transitar, de lo que hablo es pertenecer.