Cuando el cofre del tesoro se abre ante mí después de días de búsqueda, la satisfacción clava bandera por fin en mis deseos.
La belleza que buscaba no ha sido fácil de encontrar en el tramo recorrido, belleza merecedora de ser capturada en mi cámara y darme la alegría de jugar a ser artista.
Las alegrías en mi vida tienen nombre, tienen rostro, tienen humor, tienen sonido, voz y melodía, tienen recuerdos. Tienen la ambición a contraflecha y de ahí la belleza. Es la filosofía con la que crecí, la de disfrutar de los detalles porque los problemas siempre van a estar.
La alegría puede no estar en cada uno de los pasos de mi camino, pero la encuentro en la oportunidad de avanzar que me brinda cada uno.
Inquietudes sencillas que me empujan hacia adelante y me hacen crecer como la sombra que el sol ya va poniendo delante de mis pies. Y de ahí la belleza. Y por eso mis alegrías.
La del verso que me identifica, la del libro que me lleva a otros mundos, la del estallido del gol, la de la pamplina inagotable para hacerles reír, la del ronroneo de un gato en mi pecho, la del tiempo volando en alas de una conversación, la de mi garganta cantando aquí en el monte, la de la nueva foto para colgar en mi pared, la de la nueva tarjeta o postal en mi muro positivo, la de la risa que no se aguanta porque algo me hizo recordar aquello, la de la película que me atrapa de veras, la de la palabra exacta para lo que quiero expresar, la del nuevo lugar visitado, la del nuevo plato degustado, la del nuevo capricho dado, la del nuevo extraño conocido. Y sí, también la alegría del trabajo bien hecho, de las gracias sinceras, de la solución al problema, de la buena noticia dada o recibida.
Las alegrías infinitas que me llevo de cada detalle. Detalles que son pasos. Pasos que hacen camino al andar. Alegrías que hacen vida al vivir.
De Alvorge a Coimbra
La alegría que me da a mí leerte siempre
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