Las alegrías ayer me acompañaron al valorar la belleza del río Dos Mouros, sus cientos de detalles blancos formando un manto sobre el agua. O la belleza arquitectónica de Coimbra en la que buscar detalles callejeando arriba y abajo.
Esas alegrías, decía, hoy parecen tornarse oscuras al dejar atrás la ciudad y ofrecerme de nuevo un camino soso, sin detalles. Hoy de los detalles de mis pasos sigo sacando reflexiones, ideas, recuerdos, imaginaciones varias. Y al cruzarse entre esos pasos la procesión negra y diligente de las hormigas, empezaron a acompañarme los miedos.
O quizás el miedo, en singular, porque si en el fondo de mi ser realmente tengo varios que en mi consciente no detecto, creo que podrían englobarse en uno, el miedo al vacío, a la nada.
No hablo de la muerte propia, a la que creo, la mayoría no le tenemos miedo llegada cierta edad. En todo caso, le tendría miedo a la muerte de seres queridos a los que aún les queda mucho por caminar.
No, el miedo al vacío es el miedo a una vida muerta, la máxima paradoja de la que no solemos salir bien parados una vez que caemos. Será por eso que hago de los detalles mis alegrías en cualquier formato posible.
Ahora que este viaje va llegando a su final y que la vuelta a la rutina real ya se acerca, pongo en valor la necesidad que tenía de esta huida, como ya escribí el primer día.
Necesitaba huir del miedo al fracaso de un proyecto que me ha subyugado la mente durante meses, pero al que tenía que decir basta para volver a recomponerme. Ahora que la realidad se va acercando por el horizonte del fin de semana, tendré la energía suficiente para encarar de nuevo ese miedo.
El miedo al fracaso de ese proyecto que me deje en un vacío, en un limbo, que no voy a dejar avanzar más. Me olvidé de la alegría de los detalles, me olvidé de imaginar, me olvidé de escribir. No es que lleve todo este tiempo sumido en una oscuridad, pero las malas noticias y los constantes obstáculos taladraban por el día y por la noche.
Así creció el miedo a que este proyecto acabe en la absoluta nada. Pero ahora estas líneas escritas se convierten en el dique para contenerlo, poder ganar tiempo y recordar que no es el fin del mundo. La distancia agota, el sol aprieta, la brisa no aparece, la ruta es insulsa, pero paso a paso el peregrinaje acabará donde sea que tenga que acabar. Así que mejor recordarme que mi objetivo siempre fue el camino, no el destino.
Si el vacío ha de ser, sea, que yo lo llenaré con las alegrías de mi vida.
El miedo, o mis miedos, estarán siempre presentes supongo, como las hormigas procesionando bajo nuestros pies, pero pasando sobre ellas para continuar nuestro camino.
Esas alegrías, decía, hoy parecen tornarse oscuras al dejar atrás la ciudad y ofrecerme de nuevo un camino soso, sin detalles. Hoy de los detalles de mis pasos sigo sacando reflexiones, ideas, recuerdos, imaginaciones varias. Y al cruzarse entre esos pasos la procesión negra y diligente de las hormigas, empezaron a acompañarme los miedos.
O quizás el miedo, en singular, porque si en el fondo de mi ser realmente tengo varios que en mi consciente no detecto, creo que podrían englobarse en uno, el miedo al vacío, a la nada.
No hablo de la muerte propia, a la que creo, la mayoría no le tenemos miedo llegada cierta edad. En todo caso, le tendría miedo a la muerte de seres queridos a los que aún les queda mucho por caminar.
No, el miedo al vacío es el miedo a una vida muerta, la máxima paradoja de la que no solemos salir bien parados una vez que caemos. Será por eso que hago de los detalles mis alegrías en cualquier formato posible.
Ahora que este viaje va llegando a su final y que la vuelta a la rutina real ya se acerca, pongo en valor la necesidad que tenía de esta huida, como ya escribí el primer día.
Necesitaba huir del miedo al fracaso de un proyecto que me ha subyugado la mente durante meses, pero al que tenía que decir basta para volver a recomponerme. Ahora que la realidad se va acercando por el horizonte del fin de semana, tendré la energía suficiente para encarar de nuevo ese miedo.
El miedo al fracaso de ese proyecto que me deje en un vacío, en un limbo, que no voy a dejar avanzar más. Me olvidé de la alegría de los detalles, me olvidé de imaginar, me olvidé de escribir. No es que lleve todo este tiempo sumido en una oscuridad, pero las malas noticias y los constantes obstáculos taladraban por el día y por la noche.
Así creció el miedo a que este proyecto acabe en la absoluta nada. Pero ahora estas líneas escritas se convierten en el dique para contenerlo, poder ganar tiempo y recordar que no es el fin del mundo. La distancia agota, el sol aprieta, la brisa no aparece, la ruta es insulsa, pero paso a paso el peregrinaje acabará donde sea que tenga que acabar. Así que mejor recordarme que mi objetivo siempre fue el camino, no el destino.
Si el vacío ha de ser, sea, que yo lo llenaré con las alegrías de mi vida.
El miedo, o mis miedos, estarán siempre presentes supongo, como las hormigas procesionando bajo nuestros pies, pero pasando sobre ellas para continuar nuestro camino.
Sernadelo
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