miércoles, 17 de julio de 2024

Aprovechando la collá. Tiempo de vida

            Aprovechando la collá de lo que publicó la buena de Claudia en su blog La sombra desahuciada (claudianotienetitulo.blogspot.com) hace algo más de una semana, regreso a la senda del relato de ficción. 
Solo un aviso, mmm me ha salío largo, espero que eso no os eche para atrás y lo disfrutéis.

Tiempo de vida

        Lentamente la luz tibia del amanecer empieza a bañar la plaza, sus edificios colindantes y también la estatua de Moret mirando al muelle.

De la sombra de la noche en los escalones del monumento algo se mueve, el único signo de vida a estas horas junto con los primeros arrullos de las palomas.

Se palpa la cara al notar la claridad en los párpados con la mano pegajosa del vino que vertió anoche. Se diría que es la sombra de un rey, con los escalones por trono, el sombrero de copa por corona, el chaqué por manto regio y la botella agotada por cetro.

Al sonido de palomas y gaviotas ya comienzan a sumarse el taconeo de las cigarreras, los portuarios más madrugadores, la premura de hombres de bien y hombres de Dios buscando las últimas sombras de vuelta a casa para evitar cuchicheos. El olor de los primeros cafés, el bastón del sereno y al fin las campanas de la Catedral rescatan de golpe al elegante borracho de los brazos de Morfeo. Con los músculos entumecidos aún por el frío de la noche, consigue moverse al otro lado del monumento, buscando el calor de los primeros rayos.

La vida en la ciudad ya palpita y el arruinado millonario observa la escena mirando al muelle. El tiempo va pasando y tal es su quietud, que una paloma lleva un largo rato posada en la copa de su sombrero como si nada. Y como si de una sombra se tratara, se da cuenta de que ningún transeúnte ha reparado en él.

Siente su tez pálida algo acalorada por la larga exposición al sol, así que busca el lado al que apunta la sombra de don Segismundo para moverse de nuevo. Perdió hasta el reloj de bolsillo pero calcula que deben ser alrededor de las diez ya. Hace un rato las campanas llamaban a misa de nueve pero el levante aún no ha traído la sirena del vapor. Cuando siente la necesidad de buscar otra vez el calor de la luz, rebufa al ver cuánto se ha desplazado ésta y el esfuerzo que le va a costar. La resaca debe estar desapareciendo porque su pensamiento vuelve a ser más lúcido. No recordaba que su barba fuera tan profusa, pero no se lo cuestiona. Siente el picoteo de la paloma agujereando su sombrero, pero no se inmuta. Prefiere cerrar los ojos y disfrutar el calor del sol, el olor de los primeros guisos llegando de balcones y tabernas, los pregones de los vendedores ambulantes.

Vuelve a refugiarse del lado de la sombra bajo ese improvisado reloj de sol en que se ha convertido el monumento. Y a la sombra observa el espanto de discusiones cada vez más encendidas que acaban en gritos y llantos, proclamas de libertad y de orden, puños en alto y manos extendidas. Será que la resaca no había pasado aún como se pensaba o quizás de nuevo el sol lo había alcanzado y todo era fruto del ensoñamiento de la siesta, a pesar de que ni había comido ni tenía apetito.

No, definitivamente algo pasa. Abre los ojos de par en par y no puede creer lo que ve. Un ruido horrible de unos vehículos de metal, pero completamente de metal. ¿Esas ropas? Sí, las mocitas se ven bonitas pero… ¿y los jóvenes? ¿cómo es posible que lleven el pelo tan largo como ellas?

Ha debido enfermar de locura, solo puede tratarse de eso. Se tapa el rostro en un vano intento de huir de esa pesadilla y observa sus manos bronceadas como los de cualquiera de sus empleados y sirvientes, además de mugrientas y resecas. La barba desgreñada, la paloma anidada en su sombrero, su chaqué sucio y agujereado.

No entiende nada y aceptando su supuesta locura rompe a reír a carcajadas que deben llegar hasta el edificio del ayuntamiento al fondo de la plaza. Sin embargo, sigue siendo ignorado por todos los transeúntes. Los jóvenes de modales inaceptables, los niños jugando a ese deporte que trajeron los ingleses, las señoras haciendo ellas mismas los recados y las faenas de la casa. Oh y sus esposos cantando orgullosos esas coplas indecentes de la chusma más analfabeta.

Pero no se mueve de ese islote. Por un lado no tiene fuerzas, por otro, no puede apartar su atención de la vida que se desarrolla en la plaza cuando el sol ya empieza a esconderse tras la Catedral. Ha dejado de cuestionarse todos esos cambios de la gente, de la moda, de la propia plaza. Se ha vuelto loco sin más. Loco, arruinado, sucio y harapiento. Es normal que todo el mundo lo ignore, él mismo lo haría. Él mismo ya había ignorado antes a muchos vagabundos y mendigos. Ahora, al parecer, de la noche a la mañana, se había convertido en uno, aunque ni vagaba ni mendigaba. Llevaba todo el día allí plantado contemplando la vida pasar ante sus ojos. ¿De verdad tantas cosas podían suceder en tan poco tiempo? ¿tantas sensaciones, tantos sentimientos, pensamientos, reflexiones? Nunca había sido consciente de ello. Un hombre como él, nacido para el éxito y ambicionar más éxito no tenía nunca tiempo para entretenerse en esas tonterías.

Una sonrisa de sensatez apareció en su rostro cuando miró hacia arriba y comenzó a admirar las primeras estrellas mientras los tonos anaranjados del atardecer iban desapareciendo de las fachadas.

Mientras, la gente de nuevo gritaba, parece que de alegría esta vez. Banderas y más banderas, rojas y amarillas, verdes y blancas, amarillas y azules. Siente la alegría de un niño y la contención de un viejo.

Ya vuelve la noche, pero ese invento revolucionario que llamaban luz eléctrica parece que funcionó y se fascina con las sombras en sus diferentes tonos. También se entristece viendo algún cuerpo decrépito vagando o escondidos en los rincones más oscuros con unos papeles plateados. Vuelven los gritos, de furia, de obreros vestidos de azul, una humareda a lo lejos en mitad de la bahía. Para ver su propia ciudad no ser ni la sombra de lo que fue, mejor dormir y rezar para que el amanecer lo despierte en la comodidad de su casa, veinticuatro horas antes de ese sinsentido.

Pero, por otro lado, tampoco quiere conciliar el sueño. Todo lo que ha experimentado le ha cambiado por completo. Ha observado, ha aprendido, ha admirado, ha comprendido. Siente que ha vivido, allí sentado e ignorado, a la sombra de la sociedad a la que pertenecía, más que en toda aquella exitosa vida qué recuerda tan lejana. Harapiento y mugriento por fuera, tal vez. Pero se compara con esos paisanos suyos que miran hacia abajo a no sé qué cosa que llevan en sus manos o con los que corren como el conejo de Alicia o con esos otros de rostros ensombrecidos de enfado y se siente más millonario de lo que era la noche previa antes de que llegara, a saber cómo, a los pies de Moret. Loco, tal vez, pero en el fondo no quiere despertar al amanecer y perder esa fortuna que nunca valoró.

Por el resto de la noche tan pronto rompe a llorar como a reír, continuamente, hasta que ve como la luna de plata comienza a bajar tras la cúpula de la Catedral. Saca fuerzas para levantarse y gritarle a la desesperada que por favor no se vaya.

Debajo de su longa barba descubre una tremenda rotura de su chaleco que alcanza hasta su muda interior blanca. Cuando pasa los dedos, imágenes golpean su mente y en cuestión de segundos todo encaja. La timba clandestina, las cartas, el último vano intento de no perder su negocio y la casa familiar, la falta de respiración tras los puñetazos en el estómago, el dolor intenso de aquella hoja penetrándole, aquellas últimas palabras de su verdugo: “perdido el tiempo, perdida la vida”.

La mañana del 19 de abril de 1913 su cuerpo fue encontrado inerte bajo el monumento de don Segismundo Moret. Su espíritu lleva más de cien años vagando libre por las calles contemplando las luces y sombras de la historia de su ciudad, riéndose a carcajadas de tantos millonarios equivocados.

Lástima que tuviera que perder la vida para convertirse en millonario de verdad.

domingo, 30 de junio de 2024

Mi hippie loca

        Hace unos días pude volver a reunirme con alguien a quien conocí de la manera más aleatoria posible, una de las benditas serendipias que he vivido durante mi vida. Y precisamente en eso me quedé pensando el resto del día, en la gente que transita por lo largo y ancho de mi vida dejando su huella, huella que agradezco en todos y cada uno de los casos.
        Lo que viene a continuación no es un relato, es mi necesidad de querer a mi hippie loca que se llama Amistad.

Mi hippie loca

        El día que yo me muera, si algo físico quedara de mí, solo serán necesarias dos manos para llevarme a descansar a la bahía. Las manos tuyas, compañera de vida, mi loca hippie que naciste y nacerás donde, cuando y como te da la gana.
        Tú, la de las mil caras, la de los dos géneros y los que quieras añadir, la ciudadana del mundo que abre las puertas de Babel.
Tú, la de mi infancia, mi juventud, mi madurez y ojalá que mi senectud.
Tú, la del pupitre de al lado, la del camino de vuelta a casa después del partido, la del repaso antes del examen.
Tú, la repetidora en mi primera botellona, la principiante de éxitos de selectividad. Tú, la difuminada en el recuerdo que sigue expandiendo mi sonrisa.
Tú, la de mis vidas pasadas mudando siempre de piel para continuar presente. Tú, la de las cervezas después del turno, messenger hasta las tantas, recogidas al amanecer, quedadas de feria y sábados de carnaval, carcajadas para la historia, consejos en saco roto, llamadas de llantos, desahogos de arboleda.
Tú, la que mueres por la derecha para verte revivir por la izquierda.
Tú, la emigrante compañera construyendo una vida de cero, arropándonos mutuamente, marchando pero permaneciendo, aunque también a la inversa.
Tú, la que sonaba a multitud y ahora es última de Filipinas, la de mis primeras noches de juerga y sardinas de barbacoa el domingo.
Tú, salvándome del fracaso. Tú brote verde de Amsterdam, guantada sin mano de humanidad, tertulia cafetera matutina.
Tú, Santísima Trinidad de la noche que más necesitaba.
Tú, hablando mi único idioma, la que conmigo se cría y se junta, la despedida de aeropuerto y reencuentro en la pantalla.
Tú, mi anecdotario inagotable. La del mordisco al jabón, la crisis de la Patagonia, la del partido en la Rosaleda, la de las noches de vino toscano, la del palomicidio en la Caleta, la de aquella noche de Valencia, la del beso en la Alameda, la que caminaba en chanclas y a lo loco. Y más y más y más.
        Sigue acercándote por mi espalda para taparme los ojos y preguntarme quién eres. Sigue dejándome acertar aunque aún no te reconozca. Sigue maravillándome naciendo de la nada, para ayudarnos a crecer y morir de muerte natural libre de rencores.
Hippie loca, sigue dándome la vida que me has dado en todas mis edades, la buena y la mala. El día que yo me muera y me dejen en mi bahía tus manos compañeras, me hundirá en mi descanso solo el peso de la primera.
Sin llorar porque definitivamente me fuí, sonriendo por lo que definitoriamente fuimos, amigos.

jueves, 20 de junio de 2024

Lo importante es participar. Enero 2024

        Recientemente se cumplió mi primer año en un trabajo, que además de encantarme (al menos de momento), me abrió la puerta a una nueva etapa de mi vida que esperaba abrir para ya quedarme en ella por lo que supone para mí en diferentes aspectos.
Esto que aquí os muestro fue lo último que me salió escribir antes de meterme en este berenjenal del blog jeje. La escritura como válvula terapéutica de escape.

Lo importante es participar


        ¿Qué curiosa la suerte, verdad? Perdón por comenzar tan a quemarropa, pero esa fue la pregunta que me vino a la mente en estos días finales de convulsas emociones.
        Qué curiosa la suerte. Lamento contradecir a un poeta de los míos que cantó que "la suerte es un invento de alguien que quiso dejar de luchar", pero no toda la suerte puede someterse a ese juicio. Está la suerte pura y dura, la que no decide nadie. Puedes nacer en el seno de una familia tradicional de barrio de Salamanca o puedes hacerlo en Chueca. Puedes nacer a un lado de la franja de Gaza y morir sin saber todavía lo que es una bomba o puedes nacer del otro lado y no saber que están tirando bombas. Puedes nacer en un pueblo o en una ciudad. Puedes nacer blanco entre blancos o nacer de cualquier otro color del pantone humano... entre blancos. Puedes nacer en la Argentina de comienzos del XXI o de comienzos del XX. Puedes nacer hombre o mujer. Puedes sobrevivir a una mala vida y morir de viejo o puedes ser un vitalista empedernido y morir en la flor de tu vida. Nacer y morir, esa es la suerte pura y dura, la que nos viene dada. Naturaleza, destino, dioses.
        Luego está la otra suerte, la que sucede o no entre el nacer y el morir, la que a veces es indistinguible de la pura y dura, otras veces la nombramos en un gesto vano por autoengañarnos y otras más claramente consecuencia de decisiones, tuyas o de otros. 
        En este juego de muñecas rusas que es la vida, ya tengo edad para hacer recuento y me doy cuenta que la suerte no me ha ignorado, aún con grandes sacrificios, pero no lo ha hecho. Aquí, supongo, es donde puedo estar de acuerdo con aquel poeta de los míos.
Decides luchar por aprender y tienes la suerte de aprobar, pasar de curso, licenciarte, opositar. Puedes tener suerte y continuar subiendo los peldaños de la montaña que elegiste, seguir dentro de la misma muñeca rusa. O puedes no tener esa suerte, buscar otra montaña, más lejana, más solitaria, más empinada. En definitiva, sacar una muñeca rusa de la anterior.
Decides luchar para sobrevivir en la nueva montaña, hacer amigos en el camino, amigos que buscan subir su propia montaña. Puedes tener la suerte de que en lo más empinado del ascenso una mano amiga te de el empujón necesario para abrir la ruta que buscabas, tu siguiente muñeca rusa. Ilusiones así te animan a seguir luchando, te inventas el sendero, te convences, a ratos hasta lo disfrutas. La suerte, de buenas a primeras, se agota. ¿Es eso o es que dejaste de luchar?
Decides abrir una nueva ruta en tu lucha por hacer cumbre y qué curiosa es la suerte, ¿verdad? Qué curiosa es la suerte, que tras el último peñasco del año te descubre la cima así como si nada, cuando aún no la esperabas. Y te dice que disfrutes por un momento, solo un momento, de lo luchado, de tu montaña, de tu nueva muñeca rusa.
Será que al final es cierto que lo importante es participar.

martes, 4 de junio de 2024

Aprovechando la collá. Lucecita lucecita

        Aprovechando la collá, aunque con algo de retraso, que el blog amigo Sin título (claudianotienetitulo.blogspot.com) hablaba así sobre el bloqueo del escritor, aquí os dejo lo que me sugiere a mí dicho tema, lo que experimento cuando quiero escribir. Eso sí, os lo dejo a mí más puro estilo.

Lucecita, lucecita

        A tientas en la oscuridad voy dando primeros pasos. Con las manos extendidas todo el tiempo, a los lados, arriba, al frente o por el suelo. En las profundidades de esta mina la inutilidad de los ojos da galones a las manos para identificar por dónde prosigue esta galería que en algún punto acabará en la superficie, ya sea a la luz del sol o de la luna.
        Hay bifurcaciones en estos túneles que son una lotería y para llegar a acertar hay que jugarla. A la izquierda puedo avanzar cómodo por un rato... o no. Si continúo recto puedo pensar que estoy en el buen camino, pero a lo mejor se bloquea de repente y tengo que desandar lo andado. ¿Y si es a la derecha? Aunque sea a gatas y con paciencia resulta que después la gruta se abre, la oscuridad baja un tono, los ojos recuperan su mando y los pasos se dan solos como un paseo triunfal. Sea por donde sea hay que probar una y otra vez. Descansar cuando sea necesario y por cuanto sea necesario. No importa lo que dure la misión, la meta existe en algún lugar aunque no la pueda ver aún.
        Cuando encuentro la senda correcta o al menos esperanzadora, la oscuridad se vuelve benevolente y las luciérnagas que habitan este nivel van guiándome con su revoloteo. Hay que saber no apresurarlas para que no huyan asustadas y vuelvan a dejarme a oscuras. Con su titilante lucecita voy descubriendo las piedras preciosas que necesito hoy.
Una bandera pirata, la huella de un dragón, la lanza de un romano. O quizás las lágrimas de una viuda, la colilla del cigarrillo de un gángster, los besos de unos amores imposibilitados -que no imposibles-. 
Cuando encuentre lo que necesito para salir hoy de aquí lo sabré. Así, con el diminuto faro de la luciérnaga iré conformando mi camino de vuelta a la superficie, dejando un reguero de palabras en cada pisada.
        No podré evitar una vez más la sonrisa cuando en el quicio de la salida lea lo que un tal Lope dejó gravado con su pico de pluma:

"Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto.
Catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante."

Y mañana... mañana ya será otra historia.

miércoles, 22 de mayo de 2024

De verso a verso

         "Y mira tú que estando lejos lo cerquita que te siento". Un verso del capitán estampado en una camiseta como autoregalo de navidad, un verso que habla de mí.
Habla de mí y de los que estamos unidos por la misma escena: abrazo, beso, un "llama cuando llegues" y un traqueteo de maleta sin mirar atrás, sobre todo sin mirar atrás. Lo malo es cuando a la secuencia se suman las lágrimas de una criatura evidenciando así que su infancia ya empieza a decir adiós.
        Probablemente no leas esto, al menos de momento, quizás algún día, pero necesito hacerlo por el respeto que te debo.
Sé que entiendes mi porqué, que papá y mamá te lo han explicado bien a ti y a tu hermano. Hace ya un par de años que barrunto que lo entiendes, pero ya no pudiste aguantarlo más y está todo bien con eso. A mí no me enseñaron a llorar cuando debía pero yo aprendí a escribir cuando lo necesitaba.
Sé que entiendes que ese tío al que adoras viene y va de vuestras vidas porque los mayores tienen obligaciones y las mías por desgracia están muy lejos.
No voy a engañarte, te debo respeto. Podría regresar a casa, podría utilizar el bagaje de tanto tiempo fuera para buscar un trabajo ahora que nuestra tierra parece -peligrosamente- de moda. Podría, pero no. Algo me dice que no sería feliz, como ya empiezo a serlo aquí, por mucho que sea el peso de Cádiz en la balanza de un gaditano. Esperaré aún para darte más detalles.
Sé que lo entiendes porque, aunque no lo creas, el calvorota de tu tío también tuvo tu edad una vez (y pelo) y tuve que ver a mi padre, el abuelo de la foto, marcharse a Sevilla, Granada o Mallorca. Porque los mayores tienen obligaciones y a veces, por desgracia, están lejos.
        A eso que sientes dentro se le llama frustración. Sucede cuando entiendes algo pero el dolor que supone aceptarlo es más fuerte. Es lo que sientes cuando pierdes a un juego con tu hermano, cuando tu equipo desciende, cuando suspendes un examen, cuando se va la gente a la que quieres, cuando no llegas a tiempo para decir ni tan siquiera adiós. En definitiva, es lo que sientes cuando no eliges lo que te toca aceptar.
        Todo llegará, tranquilo. La buena noticia es que somos de Cádiz y te enseñaremos cómo se hace para resistir. Si la salud acompaña nos queda mucho por vivir juntos, no te preocupes.
Y sobre todo no te olvides que aquel mismo poeta cantó otro verso que habla de mí: "...donde esté una bandera siempre ondea y seguro que algún día volverá".

domingo, 5 de mayo de 2024

Tú, el sitio más seguro del mundo.

    Hoy me mudé a mi nueva casa, la cuarta en esta ciudad, la mejor que he tenido hasta ahora. Es una casa nueva, con todo nuevo, ordenado y limpísimo, pero no es mi casa ideal. Mi casa ideal ya la tuve y ya pasó, las circunstancias obligaban. Era un lugar de paso, como lo es todo en la vida, era un hogar, como lo han sido algunas, era el sitio más seguro del mundo, como no lo ha sido ni lo será ninguna jamás. 
    Mi casa de Oropéndola lo es cada día menos, es la casa de mi familia, pero tampoco es mi casa ideal. Me pilló ya crecidito y unas vacaciones no dan para rescatar todas las sensaciones que viví en ella. Es la casa de mi familia, donde juego en el pasillo con mi sobrino, donde hago una reverencia al sofá rojo de la salita, donde comemos juntos los domingos, pero no es mi casa ideal. Yo crecí en la calle Santa Fe 32, en un tercero de la barriada de los Reyes Católicos, tan patriótica como el yugo y las flechas que recuerdan su fecha de construcción, en aquella España en color sepia. Una casa a tiro de piedra de mi colegio, con unas vistas impresionantes de la Iglesia Mayor y desde donde en las mañanas claras al despuntar el alba hasta se podían divisar las casitas blancas de Medina Sidonia. Solo con eso ya sería merecedora de ser la casa ideal de cualquier niño, pero resulta que el que habla ya es un hombre que también es hijo y que sabe que su casa ideal la perdió hace casi 34 años.     Aquella casa era mi madre. Era una casa de carne y hueso, calor y alimento, tranquilidad y descanso, amor y vida. Más que casa, yo viví en un templo, un espacio sacrosanto donde se obra un único milagro, el de la vida. Es por eso que jamás he tenido más religión que las arrugas de mi viejita del alma, ni más penitencia que su lejanía ni más misa que sus abrazos ni más peregrinación que a la hermita de su falda. Ni más infierno que repetir la historia, por eso me curo en salud antes de que sea demasiado tarde, como ya lo fue una vez. 
    Ha pasado mucho tiempo desde aquellas noches en las que te prohibía acostarte sin avisarme, en las que acosaba tu frente para desearte buenas noches, en las que reías como una niña y yo retrataba tu sonrisa para el futuro hombre que estaba por venir y por marchar. Ya sabes cómo soy, prefiero abrirme en canal a escondidas y sin avisar, y contigo nunca antes lo hice. Pero hoy me mudé a mi nueva casa, te vi de nuevo y supe que jamás volveré a tener una casa como tú, el sitio más seguro del mundo. Gracias por la vida.

jueves, 2 de mayo de 2024

Aprovechando la collá. Viaje al centro de mis sueños

    Aprovechando la collá de que el tema del finde pasado en el blog amigo https://claudianotienetitulo.blogspot.com/ versaba sobre la fragilidad de las ilusiones, de los sueños, he preferido recuperar un viejo escrito mío antes que escribir algo nuevo. Simplemente porque lo que significa para mí encaja muy bien con la propuesta y además es una de las piezas de las que más orgulloso me siento. Espero que os guste.


Viaje al centro de mis sueños

    Son las 8.58 en mi reloj cuando la luz maternal y tajante de la mañana me despierta los sentidos. Echo la vista a un lado y desde mis alturas contemplo maravillado tras el cristal el más hermoso de los paisajes. De mi memoria van despertando las fotografías que tomé de recuerdo y que me hacen tomar conciencia de que hasta hace solo unas horas yo estaba besando más que pisando ese mundo de naturaleza indómita que ahora visto desde aquí arriba parecía adormecido como un bendito. 

    La luz baña en canela el mar en calma que se extiende alargado justo debajo de mis ojos. En la otra orilla aún es de noche y la brisa le provoca escalofríos a los campos de trigo. Sobrevuelo los volcanes gemelos y el recuerdo de la escalada hasta su cima me saca la sonrisa del que vence por buena fortuna. Al norte por la otra cara descendí sin freno directo al centro de una tormenta del revés, acelerada y latente. Exploré todo el territorio de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, de una cordillera a la otra, de un umbral del mundo al otro. Y como el mundo hacia afuera se acababa volví adentro para descubrir por mi mismo la región más viva, más inquieta y más diversa de este nuevo planeta. Revivo ahora desde aquí arriba el mismo placer contemplando cómo el amanecer dibuja en ese lienzo una obra de arte. Como no me decidía por ninguna de las dos vertientes, ataqué ambas por igual. Por la derecha la excursión me entretuvo el olfato con un perfume excitante que me guió hasta la fuente de los deseos, donde hay que proceder con los pasos tradicionales que todo turista conoce. Primero envuelves tu deseo en un susurro, luego lo sellas con un beso y por último lo arrojas dentro para que del mismo centro del planeta reverbere una respuesta. Por la izquierda hice escalada a mano desnuda para disfrutar de la textura del terreno y al final del recorrido, para volver a hacer pie, hay que coger impulso agarrándose a una enredadera. 

    Así me ví atrapado en una suerte de selva de esas con las que el viento baila un valls y la luz calla a los poetas, peinando sin descanso aquella tierra revuelta convertida en laberinto. Laberinto que se contempla tan sencillo ahora desde aquí arriba, con una amplia salida al frente para descender a la misma boca de unos infiernos donde el ángel caído más bien se hubiera suicidado. Aún es de noche en la otra cara del planeta y la luz del día se empieza a bañar en dos lagos donde ahogarse no es ninguna agonía, sino el fin de ésta. Los campos de amapolas siguen tan sonrojadamente florecientes como cuando me tumbé en ellos para secarme tras mi baño. Así al atravesarlos me lancé hacia el sur en un vuelo sin motor donde perdería el norte y aterricé en la planicie de un desierto con un pozo que jamás sacia tu sed. Y aunque el destino final estaba cerca había aún más sur por explorar y no podía desaprovechar la oportunidad en un viaje que uno nunca sabe si volverá a realizar. 

    Sigue siendo de noche en la otra cara del planeta, pero en ésta la claridad me permite ver las huellas del camino que recorrí hasta un "finis terre" rocoso. Un callejón sin salida que obliga al viajero a desandar sus pasos por la ruta del interior, de clima más cálido si cabe, con un paisaje desierto y que casi en línea recta devuelve las energías al caminante, que contempla cada vez más cerca la última estación de su viaje a este mundo de continentes profundos y patria sin bandera. El arco de la catedral se hacía más grande a cada paso, la catedral donde el peregrino rinde su ofrenda a Venus y la diosa obra su milagro. Primero recuperé el aliento en sus capillas laterales. Debía poner todos los sentidos para disfrutar de la enésima maravilla que me quedaba en este mundo. El tacto en los campos de trigo, el olfato en la fuente de los deseos, la vista buceando en los lagos, el gusto en los infiernos, el oído adicto mendigando su droga en cada esquina. 

    Si Stendhal hubiera sabido contemplar este mundo como yo lo he amado, no habría Florencia alguna que le provocara un suspiro. Si yo hubiera podido ser cuanto sueño, no habría Calderón que rimara dos verdades.

Son las 9 y un mensaje aparece en mi teléfono:

"Ey, espero que llegarás bien a casa. ¿Ya estás despierto? ¿qué haces?"

Respondo:

"Nada, solo soñaba".


final alternativo

La alarma de mi reloj me detiene, son las 9 en punto y ese mundo que fue el mío gira sobre su eje, trayendo el día también a la otra cara del planeta.

-¿Qué haces despierto?

-Nada, sólo soñaba.