jueves, 16 de enero de 2025

El cementerio de los valientes. Octubre 2016

 

        Paseando con mis cavilaciones me sorprendí ante la verja de un cementerio, un mar de lápidas que se extendía hasta donde alcanza la vista, con colinas y llanos constantes pintados de otoño por un sol que no pudo escoger lugar más apropiado para venir a morir. Mientras buscaba la entrada entre los barrotes negros vi al señor sepulturero saliendo de su garita con un par de palas, al parecer tenía trabajo. Era un hombre espigado, esquelético pero de porte noble, vestía un traje que seguro algún día fue elegante, con sombrero de copa que se balanceaba danzarín sobre su cabeza sin perder el equilibrio. A la luz de la luna que ya salió a escena daba la impresión de ser una persona afable pero al mismo tiempo cualquiera vislumbraría en su rostro esa clase de terror que te cala los huesos y te enfría las entrañas. Le pedí por favor que me abriera la cancela y me preguntó que para qué, si todavía estaba vivo. Ciertamente era difícil rebatir tal argumento.

        "Quizás no por mucho tiempo", acerté a responder y entonces me lanzó una mirada de compasión como si no fuera la primera.
Sin ninguna cortesía de presentaciones sus dedos largos como una sombra salieron al encuentro de la reja y prestos echamos a andar dibujando trenzas entre lápidas mientras yo buscaba la forma de romper el hielo y el gruñía de impaciencia ante mi silencio.
"Otro más" mascullaba por lo bajo, hasta que, por suerte, conseguí articular palabra. Eché la vista atrás y parecía que habíamos recorrido kilómetros, por eso le pregunté cómo era posible que fuera tan grande ese cementerio. Con una voz algo más humana pero sin dirigirme la mirada, me dijo que observara los detalles de las lápidas y me daría cuenta de que las había recientes y antiguas y de todas partes del mundo. 
Algo tan inusual respondido de una forma tan corriente, como si no precisara más explicación. Pero como adivinando mi siguiente pregunta, antes de abrir la boca añadió:
"El cementerio existe desde el principio de los tiempos y allí en aquella colina bajo aquel sauce llorón está la tumba del primer hombre".
"¿Cómo sabe que es la del primer hombre?" a lo que empequeñeciéndome con sus ojos claros me dió la razón investigando en mi mirada y rectificó diciendo que al menos era la del primer hombre del cementerio.
"Además, lo se porque yo lo enterré", añadió.
        Aquello me detuvo en seco pero él sin inmutarse me preguntó si ahí me parecía bien.
"¿Si me parece bien qué, señor?"
"Tengo que cavar una nueva tumba, se espera un nuevo huésped para dentro de poco, ¿aquí te gusta chico?"

            Mientras aún seguía buscando explicación a lo que acababa de oír, se me debió poner cara de tonto y volvió a repetir "Otro más", aumentando mi desconcierto. Sin perder más su tiempo y como dando por zanjada la conversación empezó a cavar, ignorando mi presencia sin decir nada, quizás con la esperanza de que me marchara. Pero aquel sitio me tenía fascinado y retomé mi retahíla de preguntas.

"Eso es imposible señor, tendría usted que tener cientos de miles de años para ser quien enterró al primer hombre".

        De nuevo volvió a mascullar entre dientes esa coletilla ya molesta de "otro más" y secándose el sudor con un pañuelo me tendió una pala y me ofreció un trato, recuperando para sí la fe en la primera impresión que me causó.

"Mira chaval, si no quieres creer lo que te diga no lo hagas pero ya que vas a estar molestando con tus preguntas, ayúdame a cavar". No, no recuperó nada. Me pareció justo y de todas formas parecía la única manera de saciar mi curiosidad creciente.
"Este sitio es bastante triste".
"¿Y qué quieres? Es un cementerio", volvió a replicar con su tono áspero.
"Sí pero no se, no hay flores, ahora me doy cuenta de que ninguna tumba tiene flores. ¿Es que nadie viene a visitarlas?".
"No, nunca ha habido flores en ninguna de estas tumbas y nunca nadie ha venido a visitar a los difuntos".
"¿¿Nunca?? ¿¿Nadie??".
"Noooo, nuncaaa, nadieee. Todos estas almas murieron por si solas y por su propia mano, nada se pudo hacer por ellas y si alguien capaz hubo en cierto modo fue la misma causa de sus muertes".
"¿Y cuáles son esas causas? Aunque usted habrá visto de todo si dice que enterró al primer hombre".

        Aunque con un desdén nada disimulado, pasó por alto mi comentario y respondió "No te creas, causa solo una, la misma en todos, formas... variadas".

"Es usted bastante enigmático ¿sabe? ¿Puede ser un poco más claro, por favor?".
"Te daré claridad entonces, a ver si así ya te enteras de donde estás. La única causa de muerte de todas las almas que puedes ver y las que no fue la valentía, o la insensatez según quien juzgue. Mira a tu alrededor y observa las lápidas, cada detalle, algunas son iguales entre sí y otras diferentes por completo ¿verdad? La forma de morir es la razón. Date la vuelta, esa mismo que tienes detrás, negra como el carbón, pasa la mano.¿Qué notas al tacto?".

        Me ensimismé mirando mis dedos abriendo puertas en aquel laberinto que el sepulturero estaba provocando en mi cabeza hasta responder sin inmutarme "cenizas".

"Eso es, te cambió el semblante chico, veo que empiezas a entender aunque tu aún no entiendas nada o quizás no te atrevas a entender".
        Lo que yo no entendía era su sonrisa victoriosa.
"Sí, son cenizas, cenizas de carbón. Esa pobre alma murió quemada".
"¿Quemada?¿Cómo?".
"Se quemó por jugar con fuego, como un aprendiz de Ícaro de tres al cuarto que se creyera merecedor de su sueño".
"Pero...¿y eso qué tiene que ver para que su lápida esté hecha de... carbón?".
"¿Por qué sigues buscándole una respuesta vanal y mundana a este lugar? Esto no es un cementerio al uso, no es el cementerio de los recordados. Ese alma, todas estas almas y las que están por venir, viven su muerte de una forma tan puramente dolorosa, trágica, triste, desgarradora, como lo quieras llamar, pero ni la tierra lo resiste y en su expiración brotan estas lápidas que ves, lo último que le dejan a la vida".
"¿Y para que dejan nada si nadie les guardó luto?".
"Mmm por fin una buena pregunta. Es algo superior a ellos, tal es la fuerza de su muerte. Nada de esto es racional ¿verdad?".
"Verdad, todo esto es una locura, no se si me gusta..."
"...No sabes si te gusta pero no puedes parar, ansías saber más".
"Sí", respondí con la sinceridad en caída libre.
"Hablando de locuras, tres lápidas a tu izquierda tienes otra de las formas comunes de muerte, la locura".

        Me acerqué como quien se detiene a admirar una obra de arte en un museo y solo puede admirar su falta de entendimiento.

"Dime, ¿qué ves?".
"No lo se, veo como... unas fauces por arriba, por abajo, pero es demasiado... no se, demasiado...".
"Tranquilo, yo te lo diré, es demasiado de todo, es como todo un mundo con todos sus siglos, su infierno, su cielo, su bien, su mal, su ying, su yang, exactamente como el mundo que crece en la cabeza de una persona hasta no soportarlo más y convertirlo en... loco, ¿verdad?".
"Sí, supongo que esa podría ser una buena forma de definirla, pero la locura tiene cura".
"En el mundo en el que vives, pero aquí la locura mata. No son locos de la cabeza estos que ves aquí".
"Tengo la sensación de que si sigo el hilo de cada respuesta que me da con una nueva pregunta esto no tendrá fin jeje".
"Yo, como ves, tengo toda la eternidad ¿y tú?".

        ¿Yo? Yo aún seguía llevando mis ojos de aquella lápida a mis dedos ennegrecidos una y otra vez como si en el camino mi mirada tropezara con la respuesta. Me di la vuelta y pala en mano me dirigí de nuevo al agujero que ya empezaba a tomar forma de morada eterna.

"Ahora si se te comió la lengua el gato parece. Me pediste que fuera claro y lo he sido. No hace falta que sigas cavando, recuerda nuestro trato. Si no quieres saber más eres libre de marcharte, éste no es sitio para vivos. Quién sabe, quizás nos volvamos a encontrar".
"No, no por favor, quiero saber más, quiero comprender".

"Está bien", mi tono de súplica pareció caerle más en gracia que mis cuestionamientos ya casi evaporados. "Acércate a esa otra lápida, esa hecha de arena, entierra tu mano en ella, no temas. Hazlo y dime qué sientes".
"Siento... no siento nada, es como si estuviera hueca, como si no tocara más que el vacío, el aire, la nada.¿Cómo murió este hombre?".
"Murió desengañado y en un último réquiem poético hizo lo que ves".
"¿Cuál es el significado entonces de la arena y esa... nada?".
"Lee su epitafio: Por acercarme a sus orillas caí en el abismo de mi desengaño".
"Ajam, muy bien, sigo sin enterarme".
"Otro más" volvió a quejarse pero esta vez de una forma paternal. "Este alma tenía su paz en la orilla de su playa contemplando el océano que le tentaba enfrente, hasta que un día cayó en la tentación, dio un paso de más en la orilla y no encontró el mar que deseaba, sino un abismo, un vacío, una nada, un desengaño".
"Todas son unas historias muy tristes, pero sí, ya se su respuesta, es un cementerio, ¿qué puedo esperar si no?. Déjeme probar a mi, a ver si consigo adivinar el sentido de alguna tumba. Esa, por ejemplo. Está hecha de fichas de... ¿póker y... cartas? Mmmm ¿es qué murió por perder una fortuna?".
"Bravo chico, bravo".

        Gracias al cielo por fin lograba contentarlo de alguna forma, pensé.

"Pero no es una historia tan simple como la que estás pensando. Ese alma apostó todo lo que tenía, efectivamente, pero todo lo que tenía dentro, que es una fortuna infinitamente más valiosa a lo que cualquiera pudiera tener fuera".
"¿Por qué todas las cartas son del dos de corazones? Pensaba que el as era más especial".
"Lo apostó todo a doble o nada, a dos corazones o ninguno y ya sabes el resultado".
"¿Y qué hubiera pasado de haber ganado?".
"Lo primero que no estaría descansando aquí, lo segundo, que su fortuna desbordante hubiera reventado su corazón hasta el punto de salirle por sus manos, sus ojos, su boca, por cada poro de su ser. ¿Por qué jugársela si ya tenía toda una fortuna?¿No te preguntas eso?".
"Sí, pero supongo que el hombre es infeliz por naturaleza".
"Te equivocas, el hombre es rico por naturaleza e infeliz por no darse cuenta".
"¿Y feliz?¿cuándo es feliz el hombre?".
"Cuando gana sus apuestas. Jaja, ya ves, además de sepulturero, filósofo", bromeó en vano para ocultar la sinceridad de su respuesta.
"Ha tenido toda la eternidad para pensar supongo".
"Y tu aún tienes preguntas que hacerme, sospecho. Agarra la pala de nuevo, cavemos un poco más... hondo".
"¿Más? En este agujero ya hay espacio suficiente para un cuerpo".
"Aquí no se entierran cuerpos, se entierran almas con toda la vida y toda la muerte que encierran. No me cuestiones cuando te digo que hay que seguir cavando".

        Con solo una frase perdí toda la ventaja que parecía haber ganado con mi anfitrión.

"Pensaba que las almas morían con el cuerpo".
"A veces sí, a veces un cuerpo no soporta la muerte de su alma y se va con él. Otras veces es capaz de parir un alma nueva aunque con semillas de la anterior. Son las almas de gato como me gusta llamarlas, si me permites la licencia".
"Estoy seguro de que también tiene su particular razón para llamarlas así".
"Se dice que los gatos tienen hasta siete vidas, quizás se niegan a morir, quizás aún esperan algo más de la vida. De la misma manera hay cuerpos que soportan un alma tras otra, con cada una de sus muertes devorando hasta el último trozo de esperanza que les quede".
"Usted dijo que aquí la única causa de muerte es la valentía y la valentía es una forma de esperanza ¿no es así?".
"Así es".
"Entonces, ¿eso quiere decir que... cuando esos gatos pierden la esperanza se convierten en cobardes?".
"Es el miedo lo que les convirtió en cobardes aunque tantas vidas perdieron que no se les puede negar que tengan buenos motivos para serlo ¿no?".
"Las semillas de miedo".
"¿Cómo dices?".
"Antes dijo que un alma nueva nace de semillas de la anterior y cada vez con menos esperanza, como si el aumento del miedo fuera directamente proporcional a la pérdida de esperanza y las semillas que se conservan son como el recuerdo doloroso de la anterior muerte...".
"Y un recuerdo doloroso provoca miedo y el miedo te hace cobarde".
"Pero un cobarde al menos sobrevive".
"Y un valiente muere, ¿eso quieres decir? Como todos estos. Suelta la pala".
Oh oh. "¿Ya hay suficiente espacio?".
"Ya no hará falta".
"¿Qué quiere decir?".
"Que estabas cavando tu propia tumba mentecato pero los cobardes sobreviven, como bien dices, y aquí los valientes mueren, ya te dije que éste no es lugar para vivos. Otro más".
"Pero...".
"Pero nada, no estás preparado, así que largo".
"¿Preparado para qué?¿Para morir?".
"¡Para ser valiente! Para volar como Icaro..."
"...O para estrellarme contra el suelo".
"Para crear tu propio mundo".
"O ser devorado por él".
"Para bañarte en el mar...".
"O caer por un abismo".
"¡Para doblar tu fortuna!"
"¡O para doblar mi miseria!".
"¡Para ser recordado con flores!"
"¡O para cavar mi propia tumba!".

"¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!"

        Por unos segundos hasta la tierra rota de aquel lugar no pudo tragar entre sus grietas aquel grito al unísono de dos enemigos condenados a entenderse. Los dos acabamos frente a frente, respirando el aliento del otro, uno dulce, el otro amargo, armados por igual, con una pala de sepulturero y un jadeo postbatalla bajo una lluvia que apagó nuestra violencia.

"¿No dejarás de ser un gato verdad?" Me disparó a la sien en un susurro.
"Quizás en mi próxima alma".
"En tu próximo miedo".
"Jamás se da por vencido ¿verdad?".
"¿Qué clase de ejemplo sería entonces para mis valientes? Tu tampoco te das por muerto".
"Quizás cuando encuentre una muerte que valga más que mi vida".

        Me sonrió y me tendió la mano como un gesto de deportividad para acabar como empezó, sin más.

"Devuélveme la pala y suerte con tu próxima alma. Vete por donde viniste".
"No se por dónde vine".
"Solo aléjate de mí y ya encontrarás la salida".
"Aún no se su nombre".
"Sí, sí que lo sabes".

        Me di media vuelta y con la cabeza gacha comprendí que me fuí por donde vine, pero sin lo que vine, del cementerio de los valientes.

jueves, 24 de octubre de 2024

La eternidad por delante

        Aprovechando la collá de esta maravilla (Hermanas) que escribió la buena de Claudia de claudianotienetitulo aquí vuelvo con una historia para que nadie se olvide que todos llevamos un viejo dentro y que todo viejo conserva todas sus edades dentro.


La eternidad por delante


        Dos de Octubre de 2047. Exactamente la misma fecha en la que emigró a Inglaterra hace más de treinta años, don Miguel regresa a su tierra y su gente, como a él siempre le gustó decir. Más de media fuera y ahora vuelve a su trocito de paraíso para descansar definitivamente. No ha querido perder ni un momento. Todo lo había planificado desde que supo la fecha exacta de su jubilación. El último mes ha sido de locos, empaquetando, enviando, trabajando, organizando despedidas. Siempre fue una persona sana y aunque a sus 65 años hay gente más cascada que él, a don Miguel no le ha pesado nada invertir tanta energía para llegar a tiempo a esa fecha límite del dos de octubre.
Pero don Miguel, ahora que ya se queda consigo mismo en el avión y el tren, trae a flote de nuevo el miedo que provoca la incertidumbre. Vuelve a su tierra, sí, pero con tantos años de diferencia con aquella tierra que le crió, que le da miedo no sentirse identificado. Vuelve a su gente, sí, pero realmente tan solo le quedan sus dos sobrinos. Sus hermanos y su madre fallecieron hace un tiempo, sus amistades fuertemente forjadas en Inglaterra andan desperdigadas por aquí y por allá. Le ilusiona, eso sí, los ratos eternos que piensa pasar delante de la ventana de la casita que se compró delante del mar, disfrutando de la radio, la música, la lectura y la escritura. Aficiones todas que no requieren una compañía humana que se acostumbró a no esperar.
        El primer mes se lo ha tomado con calma, para reconectar cada día dando sus paseos, tomándose un cafelito en distintas terrazas. Pero ya en noviembre se siente preparado para intentar socializar.
Como el alumno nuevo que sabe que recibirá las miradas de todo tipo cuando ponga un pie en el aula, así llega don Miguel al hogar del pensionista, que a pesar de los avances del siglo sigue conservando la sencillez de antaño. Hay cosas que nunca cambian por más que el mundo lo haya hecho y en menos de un cuarto de hora ya tiene a tres viejos (porque él no se ve así por supuesto) dándole conversación en la barra.
Él, que iba solo un rato, como el que se acerca a la orilla para comprobar la temperatura del agua, y estos viejos lo han metido hasta el cuello. Todo el mundo sabe ya su nombre y hasta ya le han puesto mote, "el inglesito", cuando por fin consigue que lo dejen marcharse a casa tres horas después. Sabe que sigue solo, que la otra mitad de su cama amanecerá intacta y fría como toda la vida, pero está contento con sus viejos y sus viejas, porque ya son suyos.
        Llega diciembre y con los preparativos de la Navidad un regalo de Reyes adelantado le congela cada músculo. Inma, una de las del grupo de nuevos amigos del centro, ha aparecido con alguien nuevo. Se trata de Rocío, una vecina de Inma a la que ha logrado convencer después de dos años para que salga de casa. Tiene la misma edad que Miguel, pero una vida diferente que le fue minando y ensombreciendo la personalidad. Inma la presenta a la gente, Miguel consigue despertar de su estado catatónico gracias a la ternura que le provoca ver a doña Rocío en su primer día. Se saludan brevemente, él porque está sobrepasado y necesita salir ya de allí, ella porque se ve arrastrada por Inma, que no quiere perder ni un segundo en hacer que su amiga se reconcilie con la vida.
        Doña Rocío vuelve días después, aún bajo el ala de su amiga pero más relajada y reconociéndose a sí misma que está encontrando su lugar, un lugar que creyó perdido cuando el cuerpo le dijo basta y se vio obligada a jubilarse antes de lo que necesitaba. Con su nieta y su hija alrededor todo cambia, pero los días se vuelven siglos cuando se queda sola.
El inglesito, sin embargo, lleva días sin aparecer y todos están preocupados. Ciertamente lo conocen desde hace muy poco y aunque es de los más jóvenes y sanos del centro, a todos les asusta recibir de nuevo la misma mala noticia que siempre pulula por el lugar. Miguel lleva días paseando por la orilla de la playa ensimismado en sus pensamientos y recuerdos. Rocío fue su primer amor, el de adolescencia, aunque ella nunca lo supo. Y no es que el repentino encuentro le haya devuelto a aquellos años, hace mucho que dejó de esperar nada del amor, pero no puede ocultarse que algo se le revolvió por dentro. Decide que se tiene que dejar de pamplinas con la edad que tiene y se presenta en el centro para la reunión sobre la fiesta de navidad que hacen todos los años. A los que faltan y ya no volverán los relevan los nuevos como él y como doña Rocío, que ya ha salido del pozo gracias a esa panda de viejos.
        En los días venideros se cruzan miradas, se saludan, se preguntan y responden para conocerse hasta que pronto doña Rocío descubre que ya se conocieron una vez. Don Miguel consigue mostrar al hombre que ha sido siempre y no al chaval tímido y vergonzoso que era ante cualquier presencia femenina. A doña Rocío le sorprende ese contraste con el recuerdo vago que conservaba de él, pero le gusta. Cada vez conversan más, fuera y dentro del centro, comparten gustos, aficiones, intereses. Sin nada más de por medio, por increíble que le parezca tras sus malas experiencias, pero don Miguel es transparente y de mirada limpia. 
Sus vidas que tempranamente convergieron en las aulas, luego tomaron rumbos muy diferentes. Miguel se licenció, Rocío dejó la universidad cuando se quedó embarazada por accidente. Miguel emigró, viajó, exploró. Rocío cortó con todo por seguir ciegamente al padre de su hija hasta Canarias. Cuando la venda cayó regresó para sacarla adelante por sí sola con la ayuda de su madre y relegó para siempre el lugar prioritario en su propia vida.
        Ahora, en el invierno de sus vidas, vuelven a converger en tiempo, lugar y circunstancias. 
En el enero de su reencuentro una primavera adelantada ya germina en sus miradas. 
        En el carnaval de la calle, a resguardo del fuego cruzado de coplas y aplausos, se quitan la máscara de prejuicios y habladurías y en una casapuerta cualquiera devoran de los labios del otro el amor que les quedó pendiente y que huyó de ellos durante tanto tiempo que marcó sus vidas.
Cuando sacian sus ansias Miguel rompe a reír de tal manera que Rocío no sabe cómo tomárselo. Miguel termina de cantar mentalmente una vieja copla abrazándola y besando su melena de azabache apagado, antes de responder que simplemente ya se puede morir tranquilo. Ella le dice acariciando con el pulgar la barba canosa, que ni se le ocurra, no ahora que a sus sesenta y cinco años tienen toda la eternidad por delante.
Salen de nuevo a la calle ya vacía con la ternura fundida en sus manos. El viejo Miguel le canturrea aquella cuarteta a la vieja Rocío mientras caminan de vuelta al mundo. Unas risas adolescentes estallan al doblar la esquina.

El solo estaba de paso
en el mercado clandestino,
riéndose con su cigarro
y con su vasito de vino.
Aplausos para el romancero.
La calle despide a la gente.
Ella se cruzó en su sendero.
Ocurrió no más, simplemente.
Ella brilló y dijo bueno,
él dijo vente.
Y en un portal se entregaron,
desnudaron sus labios,
los dos se devoraron,
aún les llegaba el eco
del jaleo burlesco
y su jajarear.
Salieron del escondrijo
como gato sin cola,
como padre sin hijo.
Se echaron a la vida,
en cada mano cosida
la piel de otro animal.
Él tiene sesenta años,
ella ahí, ahí andará.
Él tiene sesenta años,
ella ahí, ahí andará.

viernes, 11 de octubre de 2024

Conversaciones con Peter Pan. Septiembre 2016

Con cuatro años de diferencia entre uno y otro las mismas circunstancias en mi vida me llevaron al mismo personaje para soltar lo que necesitaba soltar de la manera que necesitaba soltarlo.
Spoiler: Peter no ha vuelto más.


Conversaciones con Peter Pan


        No te sorprendas Peter, hace ya varias lunas que te vi aparecer en el horizonte con tu caminar seguro, por eso la mesa lista para dos, porque ya te esperaba. Siento aguarte la fiesta, se que no estás acostumbrado, que eres tú el depredador y no la presa, eres tú el que ataca de forma infalible y no la víctima, sé que no me creíste capaz de cumplir mi palabra cuando me derrotaste hace años. Sentémonos y te explicaré. 
Simplemente aprendí de ti el arte de esta guerra, claro que con ayuda de Wendy, sabes bien que no hay rival como ella que esté a tu altura. Sé que estás pensando ahora cuál fue el error que cometiste pero no te preocupes, que yo te lo resuelvo. Te lo dije entonces, tú nunca mueres, sea como sea tú siempre te cobras algo, si ganas porque ganas y si pierdes porque cabeza y corazón quedan destrozados. Si lo piensas de ese modo, no hay error en tu estrategia, pero si soy yo quien desgrana para ti dicha estrategia, ahí tienes el error. Tu error fue derrotarme tantas veces, porque cada vez que lo hacías me mandabas a las faldas de Wendy y con ella, como te decía, aprendí el arte de tu guerra. 
Has de reconocer que me he convertido en un digno superviviente de tu mundo que es el mío, a pesar de tanto tiempo que ha pasado supe verte allá a lo lejos desde hace muchas lunas, mientras que antes solo me daba cuenta cuando ya me habías devorado. Desde aquella última vez jamás bajé la guardia, siempre estuve en alerta y volviste a rondarme. Así como un castigo pierde su razón de ser cuando el castigado no lo toma como tal, así tus armas dejaron de herirme cuando Wendy me enseñó a utilizarlas. Tú esperas, te escondes y te disfrazas. Yo aprendí a ser más paciente que tú, a localizar tus escondites, aprendí a conocerme a mí y mis puntos débiles, para reconocer tu disfraz. Ya sabes que tú ganas de igual manera, pero claro, no es a la manera que tú disfrutas, en mi derrota está tu victoria pero para eso necesitas un derrotado, un juguete roto. Pero de tanto romperme ya no sirvo para jugar. Solo hay una manera, ya te lo dije, solo hay una manera de volver a Nunca Jamás y es para no regresar... nunca jamás. 
Acábate las perdices, que a mi se me indigestan y cuando te vayas deja la puerta abierta, por si quisieras volver.

martes, 8 de octubre de 2024

Peter Pan nunca muere. Marzo 2012

        De todas las guerras que el hombre libra, la más difícil no es la que se desata inmediatamente después de apretar un gatillo, de levantar el puño o de abrir la boca. Esas no son más que consecuencias de una guerra previa, la que destroza la cabeza y el corazón, la que enfrenta pensamientos contra sentimientos y viceversa, la guerra de las decisiones. Apretar el gatillo no implica ninguna guerra cuando solo implica pensamientos, la decisión puede ser rápida, de apenas un segundo, y la cabeza y el corazón quedan intactos. 
¿Pero qué pasa cuando se trata de apretar el gatillo, por ejemplo, contra un niño que te recuerda al tuyo? Pasa que los sentimientos entran en el juego y el temblor de la mano, el puño o la boca te muestra la verdadera guerra, la que puede atormentar a un hombre hasta límites insospechados. En esa guerra siempre habrá dos cosas claras, que los sentimientos siempre se van a cobrar algo incluso cuando parezca que la decisión la toman los pensamientos; y que el perdedor siempre va a ser el hombre, con la cabeza y el corazón destrozados. 
Peter Pan nunca muere, solo te lo hace creer mientras te refugias en las faldas de Wendy. Para el que un dia creyó haberle dado muerte y así nunca esperó su vuelta, su vuelta le coge por sorpresa y corre con él hacia Nunca Jamás. Pero una vez que el ciclo se repite, te mantienes alerta pensando qué regalo traerá esta vez Peter, un nuevo proyecto, un nuevo objetivo, una nueva ciudad, unos ojos verde mar. Peter no aparece, te abrazas a Wendy, te mantienes alerta, la guerra sigue destrozando tu cabeza y tu corazón, porque Peter, el sentimiento, siempre se cobra algo cada vez que recuerdas, entre la sonrisa y la pena, entre Peter y Wendy, una guerra al fin y al cabo. Y siempre al fin y al cabo, unos ojos verde mar. No es que desees la derrota de Peter, porque cabeza y corazón quedarán destrozados, lo que deseas es que si gana, por favor esta vez te lleve para siempre a Nunca Jamás con unos ojos verde mar.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Mi juguete más preciado

 Aprovechando la collá (aunque oootra vez he vuelto a tardar) del tremendo relato En la ventana me escondo que se marcó mi amiga Claudia de Sin título , aquí traigo lo mío.
Por cierto, que se aceptan alternativas a este título, que... no se yo, no se yo.

Gracias por leerme.


Mi juguete más preciado

        "...Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en los compartimentos superiores o debajo del asiento delantero. Por favor, durante la maniobra de despegue manténganse con el cinturón de seguridad abrochado, su mesita plegada y la ventanilla subida. Gracias por su atención y feliz vuelo."

        Cuando por fin se hace el silencio y el avión comienza su movimiento hacia la pista, en la fila 1 la abuela Sabiñe está muerta de miedo. Nació en los años treinta y el pánico a estos aparatos no es más que consecuencia del bombardeo en su Gernika natal, al que sobrevivió con tan solo cinco años. Hoy por primera vez se sube porque la boda de su nieta Iratxe, que la acompaña, así lo merece.
Lo que no sabe Sabiñe, es que la belleza que contemplará por su ventanilla durante las tres horas de vuelo le ayudarán a coser unas heridas a duras penas remendadas desde aquel maldito día. Lo que no sabe Iratxe, es que al aterrizar, su amona ya estará preparada para partir definitivamente. Esperará simplemente a que la luna de miel acabe para no arruinar la felicidad de su nieta.
        En la fila 18 a Lizzie la sonrisa y la felicidad le han secuestrado los sentidos cuando vislumbra ahí abajo las superficies africanas con las que lleva soñando desde pequeña. Por el reflejo observa la cara de enamorado de Mark, su marido, que se ha gastado tres cuartas partes de sus jóvenes ahorros para regalarle la luna de miel perfecta.
Lo que ninguno de los dos sabe, es que en el viaje de vuelta una nueva sonrisa irá con ellos mientras se gesta en el vientre de Lizzie.
        En la 11 Amadi, de quince años, mira por la ventanilla un grupo de niños jugando con una madeja de telas a la que llaman pelota, en el campo de tierra al otro lado de los límites del aeropuerto. A su lado, un representante del Ajax holandés se esfuerza por hacerle el viaje más llevadero, tras dejar atrás a toda su familia en su pequeño pueblo de Camerún.
Lo que Amadi, que significa "hombre libre", no sabe aún, es que veinte años después regresará a ese mismo campo de tierra para inaugurar una de las veinticuatro academias de fútbol que abrirá en su país, con el dinero ganado en su exitosa carrera por las mejores ligas europeas.
        Al fondo, en la 31, Natu no concibe el sueño aunque sea de noche y cruzando el charco desde Buenos Aires no pueda verse nada por su ventana. No le importa en absoluto, porque la ilusión que tiene en el cuerpo desde hace una semana le muestra escenas de los países europeos que está a punto de recorrer en la primera aventura de su joven vida.
Lo que Natu no sabe, es que en su valija de vuelta a casa, además de souvenirs, llevará el corazón de una mexicana y de un "gallego" a los que conocerá de la nada a su paso por Amsterdam y con los que formará un todo que sobreviva a los kilómetros y los años.
        En la fila 22, junto a los motores, Antonio ignora por completo la vista de su ventana. Por educación prestó atención a las instrucciones de la tripulación, pero desde que el avión despegó de suelo inglés hundió su mirada en un bloc de notas donde está llorando la repentina muerte de su padre. Cuando termina de escribir tiene miedo de ver por su ventana cómo ya se aproximan a una realidad que no quiere.
Lo que Antonio no sabe, es que la fuerza de su familia disolverá su miedo a tener que abandonar el sueño que persigue en Inglaterra desde hace unos años.
        En la 26 y la 27 un grupo de seis amigas veinteañeras inglesas se comportan como gallinas en un corral bajo el efecto de las copas de prosecco que tomaron antes de embarcar.
Lo que no saben es que regresarán solo cinco, sin maquillar, sin modelitos, en silencio, con los ojos hinchados de llorar la muerte de Jen, la que ahora mira por su ventanilla con ansias de desfasar en Mallorca tras unos años durísimos de estudios.
        Elena, canaria, en la 9, pega su cabeza al cristal para que el pasajero de al lado no la vea sollozando. Debería estar loca de ilusión y de positividad imaginando que pasa el casting para un nuevo musical en Barcelona, su destino. Sin embargo, le invade la pena porque su padre le retiró la palabra cuando decidió "arruinar su vida", en palabras de él, abandonando la carrera de administración de empresas y su futuro como directora del hotel.
        Lo que Elena no sabe es que, cuando regrese en unos meses con la dignidad entre las piernas, su padre será el primero en secar las lágrimas de su princesa en el aeropuerto.
        En la fila 15 Beatriz regresa a casa por Navidad y haciendo balance del año que ya acaba, se da cuenta de que le cuesta recordar la Beatriz que era hace tan solo unos meses. El cambio a una gran ciudad como Barcelona la aterrorizaba, pero llevaba años peleando por una oportunidad laboral así y no podía desecharla. El síndrome de la impostora ya no lo sufre más y aunque echa de menos a los suyos, sobrevuela su nuevo lugar con la autoestima tan alta como las nubes que contempla.
Lo que Bea no sabe, es que el show no ha hecho más que empezar.
        Algunas filas por detrás, en la 20, la rabia de Janice le impide soltar una lágrima ni siquiera por la frustración de dejar atrás en Venezuela toda una vida que ella sola peleó. Solo quiere recuperar la dignidad personal y emocional que otorga un trabajo a la altura de sus capacidades.
Lo que Janice no sabe, es que en mitad de las dificultades y las malas situaciones que experimentará, una mano cómplice la ayudará allá en Europa sin pedir nada a cambio. Una mano cómplice con la que un día enredará sus dedos y podrá por fin llamar hogar a ese país extraño al que vuela.
        Luc, en la 14, mira sin mirar por la ventana cada vez que trata de memorizar nuevas palabras y frases útiles en Tamil, una de las dos lenguas habladas en Sri Lanka, donde se dirige para aclarar sus ideas durante un par de semanas, después de abandonar la empresa a sus cuarenta y tres años.
Lo que no sabe Luc, es que en dos semanas, en el aeropuerto de Colombo sonará su nombre por el altavoz en la última llamada para su vuelo de regreso y él no embarcará.
        Raquel, recién jubilada, sentada en la 5, se despide de Francia tras más de media vida y suelta largos soplidos para recomponerse de la emoción del momento. Regresa a la ciudad natal de donde la desterraron sus supuestos seres queridos para disfrutar de sus últimos días en paz.
Lo que no sabe Raquel, es que
Disculpe señor.
¿Sí?  -Respondo por inercia como despertando repentinamente de una siesta profunda.
¿Su pasaporte y su billete, por favor?
Oh sí sí, disculpe. Aquí tiene.
Muchas gracias.

        Así, de buenas a primeras, me encuentro bajando las escaleras para salir al exterior y de ahí a embarcar en mi avión. Así, de la manera más simple, con mi juguete más preciado, se me ha pasado el tiempo volando (por supuesto), observando a la gente pasar en este hormiguero y creando historias, a ratos dichas, a ratos contadas. Echando al caldero sus gestos, sus miradas, su lenguaje corporal, sus lenguas, sus estados de ánimo.
Hagan la prueba. Ustedes también tienen este juguete y lo pueden disfrutar en muchas partes. Hagan la prueba.
Yo, a pesar de la interrupción de la señorita, voy a seguir jugando durante el vuelo. Tantas historias como pasajeros vea, tantos finales como pueda descifrar. Sobre todo hoy, que además me ha tocado pasillo.

...Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en...

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Nuestro mejor enemigo

Aprovechando la collá (aunque ya hace más de un mes 😳) del relato Los amantes de mi amiga Claudia en su blog que trataba sobre el amor (no hay sorpresa) se me encendió la bombillita y aquí regreso con una peculiar historia de amor escrita con todo el respeto y cariño. Espero que tenga buena acogida.

Gracias por leerme.


Nuestro mejor enemigo

Julia: No me convence eh. Cuando lo tenía ahí en la cama sí, pero ahora con él puesto...

Vieja: ¿Pero qué dices loca? Si te queda estupendo y no me digas que tú misma no te ves sexy que a mí no me engañas.

Joven: Lleva toda la razón. Te sienta muy bien y ante todo tú te sientes bien. Si paraste en seco cuando lo viste en el escaparate por favor.

Julia: Sí pero ahora me doy cuenta de que quizás me lo compré más mirándome con tus ojos que con los míos propios.

Joven: Déjate de pamplinas que tenemos las dos el mismo talle. Que de tal palo...

Julia: Sí, y una mierda el mismo talle. Aaaaaah ¿pero qué haces bruta? Que me vas a hacer un cardenal.

Vieja: Pues déjate de tonterías que con el cardenal viene la hostia.

Joven: ¡Jajajajaja!

Vieja: Que la niña tiene razón y ese es el vestido perfecto para esta cita. Y si te lo compraste imaginándote como ella y no como yo por algo sería. Coño que llevamos diez minutos aquí metidas para un puñetero vestido. Esta no es la mujer empoderada que yo he parido eh.

Julia: Bueeeno, vale vale señora. Ya me callo, lleváis razón las dos con el vestido. La verdad que sí, que me encanta jijijiji.

Vieja y joven: Al final te llevas la hostia.

Las tres: Jajajajaja.

Julia: Venga va jajaja. Siguiente paso, el pelo, que todavía tengo que enchufar la plancha.

Vieja: Espera espera cariño. Sé práctica. Acuérdate de la última vez que te alisaste el pelo. Que sí, que te quedó estupendo pero al día siguiente no paraste de llorar porque querías tu pelo ondulado de vuelta.

Joven: Y al otro.

Vieja: Y al otro también.

Julia: Va, sí, es verdad. Abortamos plancha. Voy a estar yo aquí fabricando otra yo para que luego él en diez minutos ya se de por arreglado.

Vieja y joven: Esa es mi niña.

Las tres: Jajajaja.

Joven: Ay qué ilusión, ya me imagino ese momento romántico de vuestro primer beso. Cuando te agarre la mano y te diga que te quiere mirándote a los ojos.

Vieja: Bueno, bueno, no me la embales que luego pasa lo que pasa y nos cuesta una eternidad levantarla.
Tú simplemente disfruta, déjate llevar. Pero disfruta por ti y siendo tú misma. Y si sale rana pues por lo menos no tendrás que arrepentirte de haberte comportado como alguien que no eres.

Julia: Sí, muchas gracias. Gracias a las dos. Tengo ilusión y miedo al mismo tiempo.

Joven: Supongo que es normal, pero... ¿miedo por qué?

Julia: Pues porque ya no soy como tú, ya estoy en mis cuarenta... puff Que no soy un pibón y no se fijan en mí como lo hacían antes. ¿A quién quiero engañar?

Vieja: Pues por lo que veo, a ti misma. Claro que no eres "físicamente" un pibón.

Julia: Ah, muchas gracias.

Vieja: Escucha pedazo de cacho de trozo. "Físicamente" puedes no ser un pibón si te comparas con el bombardeo constante de belleza juvenil al que estamos sometidos y sometidas ya diría que casi por cultura. Pero la medida la tienes que poner tú, no tienes que compararte con nadie. Físicamente puedes no ser un pibón para los demás pero que les den a los demás. Tienes que serlo para ti. Y sobre todo, personalmente eres un mujerón y eso te lo han dado tus cuarenta, no reniegues de ellos. 
Ya no recuerdo cuántas veces nos hemos visto las tres aquí delante de un espejo, pero no nos vamos a cansar, a menos que tú nos eches.
Andaaa ahora a llorar. Menos mal que aún no te has maquillado.

Julia: Jajaja ay es que no estoy acostumbrada a que me digan esas cosas. Me emociono, jo.

Vieja: Pues hija mía, no será porque no llevo años repitiéndotelo. Destierra ese miedo y dale rienda suelta a la ilusión, aunque... sin pasarte.

Joven: Sí, vale, muy bien el discursito pero la realidad es difícil de... de... de afrontar.

Vieja: A que al final te llevas tú la hostia, niñata. Que la realidad sea difícil de afrontar no quiere decir que se seje doblegar sin más. Su realidad la construye ella día a día , aunque aparezcan piedras en el camino.
Y de eso, chissst.

Julia: ¡Ay qué!

Vieja: Que me mires cuando te hablo. De eso también te tienes que dar cuenta, de todo lo que llevas conseguido. De verdad que te miro y no te reconozco. ¿Dónde está esa seguridad que tienes para otras cosas?

Julia: Pues... supongo que la gasto toda en esas otras cosas. Me estáis agobiando eh.

Vieja: No guapa, te agobias tú sola porque sabes que llevo razón en lo que te digo.

Julia: Lo de esta tarde es diferente. Es como nadar en un mar diferente al del trabajo o la familia, los amigos.

Vieja: Anda ahora la Jacques Cousteau.

Joven: ¿Quién?

Julia: Solo digo que tengo miedo porque nunca tengo suerte en el amor. Por una razón u otra se acaba yendo todo a la mierda.

Vieja: Y yo solo digo que no eres tú la razón que lo manda todo a la mierda, que a veces no hay culpables cariño.

Joven: Y yo solo digo que no siempre tiene que ocurrirte lo mismo. No puedes ir a esa cita con esta mala energía.

Julia: Pues no voy, ea, porque no tengo "buena e-ner-gí-a" con la turra que me estáis dando.

Vieja: Sí la tienes, la tienes dentro de ti si eres capaz de mirarte al espejo más allá de maquillajes, vestidos o peinados.

Joven: Mírate y verás que eres la mujer que yo soñaba ser.

Vieja: Mírate y quédate con quien te mire como yo te estoy mirando.

Julia: ¿Estáis hablando de...

Vieja y joven: Amor propio.

        Cuando Julia levantó la cabeza y se topó con el espejo de su baño le pareció ver cómo se esfumaban en él la vieja y la joven dejando su sonrisa flotando como el gato de Alicia. La batalla en su cabeza había terminado y la expulsó definitivamente repitiendo en voz alta "amor propio".
Irguió su espalda y comenzó a maquillarse como le dió la gana porque le dió la gana.
Los zapatos, el bolso, las llaves, el móvil... y su amor propio.

lunes, 26 de agosto de 2024

18. Popurrí - Un juntaletras en el Camino

POPURRÍ 
“Ese eres tú, ese eres tú en una, en una, en una esquinita del sur. Ese eres tú, ese eres tú, caminante, eres tú.” 
La Eternidad, 2017. 

        En soledad, como llegué, quiero y voy a marcharme de este viaje. Buscando un lugar a la sombra donde sentarme por calles y plazas voy escribiendo esta última cuarteta, intentando recordar sin saltos en el tiempo. 
No es una experiencia ésta necesariamente para encontrarse a sí mismo, puede ser simple placer, unas vacaciones más, de una manera más original claro está. Pero incluso aunque la meta del camino no sea encontrarte puedes acabar tropezándote contigo mismo. Después de tantas horas que debes llenar solo con tu presencia lo difícil sería no divisarte ni un poquito en el horizonte. Estar rodeado no significa estar acompañado, la fortuna es hallarse en dichos estados en el momento que uno desea, así da tiempo de saborear, de apreciar, de echar de menos el estado contrario y hacer algo por volver a él. Así una y otra vez. 
Por eso, aunque no fuera mi intención, en este viaje fui capaz de saber verme a mí en ambos estados y en ambos, para qué vamos a engañarnos, me sigo gustando, me sigo aceptando. 
        No puedo y jamás he querido ni querré dejar de ser un espontáneo con seso. Naturalidad para que la gente encuentre certezas en mí, yo en ella y así no tener que decidir si compartir un mismo camino. No hace falta porque cuando te das cuenta ya lo estás caminando, disfrutando. Más tarde, cuando nuestras circunstancias, y por tanto nosotros, cambien, los peregrinos de nuestras vidas cambiarán de la misma manera natural con la que uno les dejó pasar y pisar a nuestro lado. Una manera natural que no deja laceraciones en la conciencia ni heridas de guerra. Hay despedidas que duelen, cierto, normalmente en esta vida lo que duele es lo que no se elige, por eso esta oda a la naturalidad con respeto, a la espontaneidad con seso, a la autenticidad de lo original, porque con todo eso el más mínimo dolor no tiene cabida. Se acepta, se comprende, se recuerda, se disfruta, se sonríe, se continúa el propio camino sin lastres. 
        Sí, ya sé que estoy divagando mucho, es lo que llevo haciendo desde hace semanas, di-vagar llamándolo camino. “Por el mundo voy caminando, como un peregrino llevo toda la vida…”  De casa al colegio y del colegio a casa, de un extremo al otro, de la madrugada al amanecer, del examen al fin de semana, de El Puerto a Cádiz, de ser dos a ser uno, de Sevilla a Florencia, del antes al después, del conformismo al volantazo, de las despedidas a “…seguro que algún día volverá”, de las muertes a las vidas, del yo era aquél al yo soy éste, de la barrera de un idioma a las consecuencias de dos, de los platos a las aulas, de la jaula de oro del sur a las alas con motores, de la bicicleta con ruedines al trapecio sin red, de Burgos a Santiago, de la página en blanco a la página 51, del pasacalles a cuando caiga el telón. Todos somos peregrinos de una manera u otra, todos hacemos nuestro camino, un pie después del otro, cuidado con las piedras. 
        Y en todos mis caminos parto y regreso a mi esquinita del sur. Hijo de obrero con futuro de estudiante, acento ninguneado por don nadies, niño que subía a su casa cantando por la escalera, el soñador de la familia, la importancia de reír, la felicidad de hacer reír, el latido al tres por cuatro, el gol en la garganta, el emigrante hecho a la idea, el optimista bien informado, un brindis por la amistad, los buenos modales reaprendidos, la pena de no verlos crecer, el miedo de no presenciar su vejez, el que se preocupa de sus propios actos, el pepito grillo de más de una, un romántico de los ideales, un práctico del día a día, un superviviente por prioridades, un escapista del mal rollo, la pamplina sin filtro pero con pausa, la desnudez vestida con tinta. Todo eso y posiblemente más es lo que fui siendo en todos los caminos que anduve, conservando y desechando. 
Todo este repertorio sin música ni rima soy yo, todas las páginas en blanco que le quedan a este diario quizás también acaben siendo yo, quizás haya que volver al Camino. Habrá que vivir para cantarlo.

Miércoles 24 de agosto, 2022. Escrito entre Santiago, Oviedo y Santander.