sábado, 10 de agosto de 2024

06. Popurrí - Un juntaletras en el Camino

POPURRÍ 
…la sangre despierta de pronto, un ejército empieza a llegar silencioso, las plazas, los barrios, el castillo, la playa. Los huesos oyeron la vieja llamada. Todos unidos y solos, pendientes y ausentes, buscando un milagro en el espigón de occidente…” 
Los carnívales, 2019.

        Han pasado varios días desde la última vez que escribí y las razones son cansancio, falta de inspiración y monotonía. No podría decir cuál de ellas ha sido más culpable, las tres se retroalimentan. La monotonía del paisaje ni siquiera me hizo sacar la cámara para hacer fotos, que más tarde me refrescarían la memoria de lo que me inspiraban. El cansancio, el calor, juegan su papel también. 
Dicho sea de paso, en los últimos días he socializado más, porque de eso también va esto, de encontrar gente, de charlar, de conocer, de aprender, de intercambiar y con suerte, de conectar. En mi caso añado observar, que si bien he mirado hacia arriba, hacia lo profundo y lo divino, también lo he hecho hacia el frente y lo humano. 
        El Camino no deja de ser una representación a escala del universo social en el que estamos, individuos pintorescos, otros estándar (entre los que me incluyo), extrovertidos (algunos demasiado para mi gusto), introvertidos, mundanos, místicos, amables, achuchables, interesantes, sabelotodos, de perfil bajo. En definitiva, cada uno de su padre y de su madre. Por supuesto en esta maqueta hay que incluir a la gente de pueblo que te encuentras. Personas que a nuestros ojos de urbanitas tienen un punto de personajes casi de ficción, dicho esto con todo el respeto, que con unos segundos que se cruzan en tu vida ya le sacan las vergüenzas a uno de lo que perdimos en las selvas de cemento.                    Volviendo a los compañeros caminantes, en el rincón de mi cama me paro a observar o incluso sin intención de hacerlo y esa tendencia social nuestra de etiquetar sale sola. Luego, si se dan las circunstancias o si se provocan, una mínima conversación te da una mejor definición de la persona. 
Mi metáfora de nosotros mirados como un escaparate, desde fuera, más atractivos o menos. Cuando un escaparate, una tienda, te atrae, entras para descubrir más. A veces, tal como entras sales porque no era lo que esperabas. Otras, entras y te quedas un buen rato porque te gusta el género de la tienda. A veces consiguen que te conviertas en cliente habitual, siempre recíprocamente, claro, que si quien despacha es un malahe te marchas a seguir comprando. Pues así continúan funcionando las cosas aquí, en el escenario de los albergues y en el de las sendas de cada mañana. 
        Un chico italiano con un burro desde su país (el del chico, no el del burro) que no está haciendo el camino, está viviendo en él, desde octubre. Lo perdí de vista hace unos días, pero la próxima vez que escuche un rebuzno probablemente ahí esté. Podría hacer muchos chistes sobre esto último pero ya cada uno tiene su ingenio para sacarlos. 
Una mujer francesa de setenta y pico que viene desde el norte de su país. Admirable aunque un poco porculera también. Mucho italiano, que se hacen notar y esto no lo digo necesariamente como algo positivo. Mucho francés, no en vano éste es el camino francés. Simpático alguno y quizás lo serían más si supieran hablar algo en otra lengua que no sea la suya, como la del país donde están. No en vano, este es el camino de Santiago. La más simpática, precisamente porque te puedes comunicar con ella, una chica con un perfecto español dominicano (con un lindo escaparate). 
Un americano, muy simpático, de Montana (leer con acento de allí). Eso sí, no veas como ronca el hijo de Utah. Ojalá que en su segundo intento consiga llegar a meta, sospecho que tiene motivos personales bastante importantes. Una americana, hospitalera, no peregrina, con la que comienzas una conversación solo por una revista de Historia y acabas charlando sobre la enseñanza del español porque compartís esa profesión. 
Una lituana, la primera compañía nada más comenzar esta experiencia. Desde entonces ya solo la vi una vez. No tiene plazos, no planea etapas, no tiene un calendario, simplemente está de vacaciones indefinidas al parecer. 
Un matrimonio rumano, mayor. Estuvieron a punto de tirar la toalla, por problemas físicos. De eso ya hace y ahí continuaron, incluso daba la impresión de que tenían más energía. Se podían hacer entender con un poquito de inglés pero la barrera del lenguaje estaba presente. También les perdí la pista, ojalá que continúen. 
        Ojo, que también hay españoles. La mayoría vienen para una semana o dos a lo sumo porque necesitan volver a trabajar. Hablo de Álex, de Barcelona, discreto, callado, incluso tímido. Tenía la esperanza de rencontrarlo en León, donde él finalizaba, pero no hubo suerte. Me hubiera gustado seguir en contacto. Eso sí lo podré hacer con Tania, también de Barcelona, con la que compartí prácticamente una etapa entera, además del día previo en el albergue, y conectamos muy bien. En el susodicho albergue ambos compartimos toda la tarde hasta la cena con don Jesús Arias, un señor gallego interesantísimo, que vive en Burdeos donde ha ejercido como profesor de Historia además de publicar libros y con muchas historias que contar, una eminencia vaya. Pero me temo que fue flor de una tarde. 
En el día en el que termino esta cuarteta de popurrí aún he podido sumar alguien más. Una mujer, de nombre desconocido para mí todavía, de Madrid. Nos conocimos hace un par de albergues atrás y hoy hemos compartido buena parte de nuestro camino. Mañana espero volverla a ver en nuestro destino común y le preguntaré si quiere seguir en contacto. 
        Esas, entre otras, han sido las personas y personajes que se han cruzado en mi camino en poco más de una semana de esta singular aventura. Imagino que en algún momento volveré sobre el tema, quien sabe si con un pasodoble o con un cuplé. Ojalá que el dolor, físico, que ya hizo acto de presencia y me ha apartado del papel estos días, me permita continuar mi viaje.

Miércoles 10 de agosto, 2022. Escrito entre Carrión, Ledigos, Calzadilla de los Hermanillos, Reliegos, León y San Martín.

martes, 6 de agosto de 2024

05. Pasodoble - Un juntaletras en el Camino

PASODOBLE 
“…antes que un falso Dalí, yo dibujo un garabato.” 
Los acuarela, 2005.

        De nuevo en la noche parte el peregrino, por razones prácticas y mundanas a las que a partir de ahora deberé añadir las del amor al arte y casi místicas. 
Amor al arte de la naturaleza, que es incomparable y ha sido perseguido por los hombres desde la Antigüedad, con algunas genialidades por todos conocidas. 
        Hoy, al igual que cualquier día, el museo que nunca cierra nos expone las nuevas obras de la misma autora a lo largo de una galería kilométrica. Nada más comenzar los pasos y traspasado el umbral del pueblo, alzas la vista y encuentras un fresco infinito y mágico, capaz de pasar del negro más oscuro a toda la gama de azules, manteniendo intacto el blanco de las estrellas, titilando, tiritando, palpitando, fareando, jugando a las constelaciones. 
Al frente la tierra reclama atención con un puño levantado al que tocará subir para contemplar otra obra maestra, una acuarela derramada en la silueta de las montañas lejanas. Una pintura con fuerza, de marcados contrastes, la tierra en sombras, el horizonte encendiendo la lumbre de la mañana, la procesión de estrellas abandonando el escenario para que comience el segundo acto. 
El peregrino no quisiera que el tiempo pase, pero lo hace, así que es momento de darse la vuelta y bajar, literal y figuradamente, a la tierra. Una tierra parcheada por la mano del hombre pero sin torturarla, solo tomando y trabajando el fruto que nos concede. Campos de Castilla de cereal rubio segado y girasoles esperando para adorar a su dios, su padre. 
        El peregrino mientras tanto a caminar, cantando lo de siempre, respetando el trabajo de las hormigas, evitando las piedras, los huesos de la tierra hechos añicos, viendo el amarillo chillón extenderse cada vez más en la absoluta quietud del campo. Van Gogh hubiera dado su otra oreja por ser aprendiz en este taller y que sus girasoles lucieran como los de su maestra. 
La galería adquiere unos tonos de melocotón que alarga las sombras de los visitantes y avanza que el calor nos pisa los talones. Así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por aquí (de verdad), el peregrino que sea afortunado llegará a tiempo a refugiarse en la trinchera de su oasis y tras la cortina de unos árboles en formación perfecta como lanzas de Velázquez. 
        Avanza el día, avanza el peregrino, el arte natural se ve interrumpido por el artificial, palomas feligresas de una iglesia más de tantas, orgullo de sus pueblerinos a falta de nada o nadie mejor para presumir. Calles vacías, veleta adivinando el viento y adiós. Pensamientos de todo tipo, que si algo aporta el camino es mucho tiempo para pensar. 
Hilera de árboles aplaudiendo sus hojas insuflando ánimos, última acuarela en el canal de Castilla que te acompaña hasta Frómista. Gracias por su visita, hasta mañana. 

Jueves 4 de agosto, 2022. Escrito en Frómista, Palencia.

sábado, 3 de agosto de 2024

04. Pasodoble - Un juntaletras en el Camino

PASODOBLE
“…la lluvia, el alimento del cielo. El cielo, el visto bueno de Dios…” 
Los americanos, 2003. 

        Hasta el mayor rey, tan adorado como implacable, tiene la horma de su zapato dentro de su propia corte, las nubes, la lluvia. 
Aún a oscuras y con un hilo de luz en el horizonte, divisando las siluetas de la arquitectura, el peregrino echa a andar una nueva jornada, celebrando el alivio que regalarán esas rebeldes del cielo. 
El sol ofrece resistencia, por supuesto, que nos deja escenas que a uno le hacen parar, abstraerse, admirar, reflexionar, disfrutar mientras dure. Pero hoy no podrá por más colores que saque de su paleta. 
Lo que para la mayoría de nosotros suele ser molesto en nuestras vidas reales, urbanas, distantes, es curioso cómo aquí se vuelven objeto de deseo y nos da igual que la lluvia nos moje, desterramos cualquier cosa que nos pudiera proteger de ella. La preferimos hoy antes que al sol dictador de ayer. Mañana, por supuesto, añoraremos al segundo cuando sea la primera la que nos castigue. Así somos, para todo, y así nos va claro.

Miércoles 3 de agosto, 2022. Escrito en Castrojeriz, Burgos.

03. Presentación - Un juntaletras en el Camino.

PRESENTACIÓN 
“Al amanecer, consumido en llamas, entre el fatuo fuego despierta mi alma.” 
A fuego vivo, 1987.

        Con la luna de recogida se despiertan los peregrinos, es mejor partir antes de que el implacable sol te encuentre, que lo hará. 
Toca salir a escena, sin vuelta atrás. Cabeza alta para admirar, ojos abiertos para crear recuerdos, espalda fuerte para soportar, un pie delante del otro cada vez, hasta llegar. 
Última mirada a la catedral, la imaginación aún creando lazarillos de otros tiempos, se acabó el ruido, se acabó el cansancio, a caminar. 
El asfalto y la tierra dejan claro el bando en el que están, el campo y la ciudad no se difuminan, simplemente marcan su frontera. 
El sol corona las primeras montañas, como un beso de buenos días entre enamorados. En un pequeño campo los girasoles se convierten en los alumnos más obedientes jamás vistos, todos con su uniforme mirando al frente a su maestro. 
        “Y camino, camino y camino. Mi cuerpo emprende el viaje pero mi corazón y mi alma ni pueden ni quieren soltarse.” Hacía tiempo que no cantaba al caminar, ni en la calle y mucho menos en el campo. Mientras que el aliento lo permita, que no se diga, a cantar por Cai. Un coro, un buen camino, un cuarteto, otro buen camino, un río, un pasodoble, campos segados de cereal sin límite, una presentación, unos cuplés, un buen camino. Un pueblo mínimo, de esos de la España vaciada, con gente mayor, sin risas de niños, con carteles de “se vende”, amabilidad como seña de identidad, el paso de los peregrinos los mantiene con vida y por supuesto el campo, que siempre será necesario el fruto de la tierra. 
Buen camino, más música, más campo, más girasoles, más calor, una fuente, un respiro, una sombra y un árbol que se ganan el respeto del sol. Otro pueblo, iglesia y campanas cotidianas, último esfuerzo y primer destino completado. 
        Continúa el verdadero significado de esta experiencia, conocer lugares, gente, lenguas, historias, vivir. Sombra a las puertas de la iglesia, la torre de Babel compartiendo la cena, campanas en la ventana, sol sin justicia, lagartijas en los muros. Buen estreno, buen camino, buena presentación.

Martes 2 de agosto, 2022. Escrito en Hornillos del Camino, Burgos.

viernes, 2 de agosto de 2024

02. En bambalinas - Un juntaletras en el Camino

EN BAMBALINAS 
“Qué larga ha sido la noche, qué frío y qué oscuridad, pero hoy regresa la vida y aquí te vuelvo a cantar.” 
Los renacidos, 2022. 

        Olvidado el pasacalles y el ruido, por fin todo volvió a lo esperado, a la normalidad. Al ruido se lo tragó de un solo bocado la calle aún remolona con el despertar. Silencio cuando divisas las torres de la catedral, que te deja sin palabras a cualquier hora del día. Todo desierto, el olor del café ya va despertando a la ciudad. El cansancio del ruido da igual, estos momentos son entre uno, la belleza en piedra y el sol ejerciendo de sacerdote con la bendición de su amanecer. Escaleras para un primer turista igual que lo fueron para cualquier lazarillo siglos atrás. La mires por donde la mires la belleza es la belleza, porque no puede ser más y porque si en algún momento es menos ya sería otra cosa. La belleza, tan humana como divina. Murmullo en la calle, primeros compañeros peregrinos, ahí estaré yo mañana. Hoy toca prepararse, concienciarse, como estar en camerinos y luego en bambalinas. Esos momentos en los que te das cuenta de que va a ser de verdad, que algo se materializa, que el miedo se revuelca con la excitación y no consigues distinguirlos, momentos especiales, como cuando estás en bambalinas.             La espera se puede hacer eterna y más cuando yo arrastraba mi pasacalles nocturno, pero eso se soluciona explorando más, buscando más belleza, aunque luego se quede solo en bonito. La vida se vive por los propósitos, lo demás es solo Cronos devorando a sus hijos. 
        Cuando a las doce las campanas repicaron a mí me sonaron a gloria, porque se abrían las puertas del cielo que tanto ansiaba, una cama que por fin me diera descanso y encauzara el ánimo. 
        El gentío que llega a sus camas, conversaciones de torre de Babel, mochilas al suelo, quejidos de esfuerzos y cansancios, duchas continuas, pasos del gentío que se van alejando, ya no corre el agua, Babel en silencio, por fin a dormir, como en bambalinas. 
Mañana se abrirá el telón, mañana a escena. 

Lunes 1 de agosto, 2022. Escrito en Burgos.

jueves, 1 de agosto de 2024

01. El pasacalles - Un juntaletras en el Camino

        Hace ahora justo dos años hice por primera vez el Camino de Santiago, aunque no fuera al completo. Una experiencia muy bonita que... a mi manera, vamos a decirlo así, plasmé en un diario. Un diario que ahora quiero compartir con vosotros, gracias.


EL PASACALLES 
“Para cantarle al mundo hace falta una voz que cuando cante se levante y clara suene haciendo ruidos de alegría y de dolor…” 
Las noches de Bohemia, 2011. 

        Cuando pensé en el título de este primer capítulo lo hice con toda la seriedad del mundo, lo prometo. Pensé en lo poético que sería hacer una metánfora con lo que significa un pasacalles en Cadi y el que iba a ser el verdadero primer día de esta aventura. En Cadi un pasacalles es ese paseíllo casi torero que los carnavaleros hacen por las calles caminito del Falla (ay, caminito del Falla) el día que les toca cantar, desvelando así para el pueblo el tipo de ese año. “Pasa” y “calles” porque pasan por las calles. Al que le haga falta le hago un croquis ¿vale? 
        Totá, que mi primer día le dió una patá a la metánfora y yo me quedo con el título, pero por el ruido. Ruido de la alarma a las 6.50 de la mañana, que nunca se sabe qué puede pasar aunque el vuelo sea tarde. Ruido de la lluvia veraniega mancuniana ¡cómo no! Respiro, silencio, esta vez sí, hasta llegar al aeropuerto. Ruido de nuevo, motores de tren, pasos apresurados, ruedas de maletas, niños de buena mañana, colas, carros, control, mensajes repetitivos dichos con mecánica voz alta, el beep del escáner, pasillo en silencio de nuevo. ¡Oh! Nada, puro espejismo, bienvenido al frenesí del ruido, la zona de espera de un aeropuerto. Ruido de carros de reponedores, cajeras ya cansadas de un día más, máquinas del café, niños activándose, concierto de ruedas en do sostenido en el tiempo hasta que a todos los ruidos los devoren los motores del avión. Pues ahí es donde vino la patada a mi metánfora del pasacalles, con lo bonita que ya la imaginaba. Avión hubo, sí, pero del ruido de los motores ni mijita. Dos horas de retraso, patá al bus que me tenía que llevar de Santander a Burgos y otra más a la habitación reservada. El Murphy y el karma cashondeándose en mi cara y tirándome las migas de su tostada por el lado de la mantequilla además. Diría que me estaba tirando de los pelos, pero no voy a darle ese gusto a los que me conocen… mamones. 
        Y aunque la tarde dominical santanderina no era tan ruidosa, eso da igual cuando el runrún de lo que había pasado se te instala en la cabeza. En los libros de aventuras la susodicha no aparece ya en el prólogo, digo yo. Pues conmigo sí. 
        Mi pasacalles ya hubiera llegado al Falla a estas alturas, pero Murphy estaba grasioso er nota. Nuevo billete para llegar por fin a Burgos en la madrugá y ahora búscate tú las papas pa dormir, Antonio. Ruido habitual en la estación de autobuses de Santander. Shhh, pero hasta las nueve y media que el ruido de la baraja cerrando te deja callao. Resguárdate en la estación de renfe si quieres calorcito y silencio, pero shhh, hasta las once y media que también cierran. Vaya por Dios, menos mal que es Santander. 
        ¿Entre medias sabes qué había? Ruiiiido, el de andares pesados de señoras mayores, o será que lo que les pesaba era el postureo que llevaban encima. Ruido de la suela de los náuticos contra el mármol del suelo, los náuticos de los señores mayores con pantaloncitos cortos de plancha y politos color pastel. Al final va a resultar que los de Santander son los sevillanos del norte. Miedo me da preguntar quiénes serán los gaditanos. 
        Y siguen los ruidos, el de las esesss pijasss de las niñas y no tan niñasss con faldita de tenista y melena Pantene. ¿Que me estoy pasando con Santander? ¿Que en verdá allí la gente es to guay? ¡Po no haberme cerrao las estaciones joe! Que no me habéis dejado otra distracción. ¿y yo en qué estaba? Ah sí, más ruidos. Señora inmigrante sudamericana sin papeles (dicho por ella) emitiendo en directo su      conversación/discusión para todos los muertos del asco y del sueño en la parada de autobuses. 
        Cuando llegue tu autobús podrás relajarte ya y echar una cabezadita Antonio, estarás pensando. ¡Y un mojón! 
        Ruido no había ninguno pero qué tensión vigilando mi mochila de peregrino para que no saliera despedida de arriba con las curvas. Hasta que lo hizo, en la tercera rotonda de Torrelavega. Menos mal que ahí estuvo el menda más atento que Conan Ledesma. Desde ahí, dos horas con un ojo para las curvas y otro para la mochila, como si fuera Trueba vaya. 
        Bueno Antonio, pues ya dormirás en la estación de Burgos, si te dejan. Murphy y karma llorando de la risa. 
        Dejarme me dejaron, pero que alguien le eche 3 en 1 a esa puerta automática de la estación de Burgos, por la gloria de McGiver. Y cuando se para por fin la puerta, más ruido, un primo de Vinicius hablando por teléfono a las cuatro de la mañana. Y cuando cuelga ahora la que habla es una señora. ¿Pero la gente que tiene? ¿Familia en Australia pa tanta charla a las cuatro de la mañana caraho
        Como diría Sabina, me dieron las cuatro, las cinco y las seis, cuando conseguí coger el sueñecito y abrió la de la cafetería para ponerle a Murphy su tostada con la mantequilla por el lado bueno. Porque el malo fue pa mí. Así que a las siete, veinticuatro horas después del mejor de los silencios, me di cuenta que el pasacalles, además de lo poético, también es un montón de ruido, el de la caja y el bombo dale que te dale hasta que lleguen al Falla. Igualito que mi pasacalles con mi tipo de mochilero peregrino. Hasta meterme en bambalinas, pero eso ya será… hoy mismo en verdad. 
Teh qui ya Murphy, a mí me la va a dá tú.

Lunes 1 de agosto, 2022. Escrito en Burgos.

miércoles, 17 de julio de 2024

Aprovechando la collá. Tiempo de vida

            Aprovechando la collá de lo que publicó la buena de Claudia en su blog La sombra desahuciada (claudianotienetitulo.blogspot.com) hace algo más de una semana, regreso a la senda del relato de ficción. 
Solo un aviso, mmm me ha salío largo, espero que eso no os eche para atrás y lo disfrutéis.

Tiempo de vida

        Lentamente la luz tibia del amanecer empieza a bañar la plaza, sus edificios colindantes y también la estatua de Moret mirando al muelle.

De la sombra de la noche en los escalones del monumento algo se mueve, el único signo de vida a estas horas junto con los primeros arrullos de las palomas.

Se palpa la cara al notar la claridad en los párpados con la mano pegajosa del vino que vertió anoche. Se diría que es la sombra de un rey, con los escalones por trono, el sombrero de copa por corona, el chaqué por manto regio y la botella agotada por cetro.

Al sonido de palomas y gaviotas ya comienzan a sumarse el taconeo de las cigarreras, los portuarios más madrugadores, la premura de hombres de bien y hombres de Dios buscando las últimas sombras de vuelta a casa para evitar cuchicheos. El olor de los primeros cafés, el bastón del sereno y al fin las campanas de la Catedral rescatan de golpe al elegante borracho de los brazos de Morfeo. Con los músculos entumecidos aún por el frío de la noche, consigue moverse al otro lado del monumento, buscando el calor de los primeros rayos.

La vida en la ciudad ya palpita y el arruinado millonario observa la escena mirando al muelle. El tiempo va pasando y tal es su quietud, que una paloma lleva un largo rato posada en la copa de su sombrero como si nada. Y como si de una sombra se tratara, se da cuenta de que ningún transeúnte ha reparado en él.

Siente su tez pálida algo acalorada por la larga exposición al sol, así que busca el lado al que apunta la sombra de don Segismundo para moverse de nuevo. Perdió hasta el reloj de bolsillo pero calcula que deben ser alrededor de las diez ya. Hace un rato las campanas llamaban a misa de nueve pero el levante aún no ha traído la sirena del vapor. Cuando siente la necesidad de buscar otra vez el calor de la luz, rebufa al ver cuánto se ha desplazado ésta y el esfuerzo que le va a costar. La resaca debe estar desapareciendo porque su pensamiento vuelve a ser más lúcido. No recordaba que su barba fuera tan profusa, pero no se lo cuestiona. Siente el picoteo de la paloma agujereando su sombrero, pero no se inmuta. Prefiere cerrar los ojos y disfrutar el calor del sol, el olor de los primeros guisos llegando de balcones y tabernas, los pregones de los vendedores ambulantes.

Vuelve a refugiarse del lado de la sombra bajo ese improvisado reloj de sol en que se ha convertido el monumento. Y a la sombra observa el espanto de discusiones cada vez más encendidas que acaban en gritos y llantos, proclamas de libertad y de orden, puños en alto y manos extendidas. Será que la resaca no había pasado aún como se pensaba o quizás de nuevo el sol lo había alcanzado y todo era fruto del ensoñamiento de la siesta, a pesar de que ni había comido ni tenía apetito.

No, definitivamente algo pasa. Abre los ojos de par en par y no puede creer lo que ve. Un ruido horrible de unos vehículos de metal, pero completamente de metal. ¿Esas ropas? Sí, las mocitas se ven bonitas pero… ¿y los jóvenes? ¿cómo es posible que lleven el pelo tan largo como ellas?

Ha debido enfermar de locura, solo puede tratarse de eso. Se tapa el rostro en un vano intento de huir de esa pesadilla y observa sus manos bronceadas como los de cualquiera de sus empleados y sirvientes, además de mugrientas y resecas. La barba desgreñada, la paloma anidada en su sombrero, su chaqué sucio y agujereado.

No entiende nada y aceptando su supuesta locura rompe a reír a carcajadas que deben llegar hasta el edificio del ayuntamiento al fondo de la plaza. Sin embargo, sigue siendo ignorado por todos los transeúntes. Los jóvenes de modales inaceptables, los niños jugando a ese deporte que trajeron los ingleses, las señoras haciendo ellas mismas los recados y las faenas de la casa. Oh y sus esposos cantando orgullosos esas coplas indecentes de la chusma más analfabeta.

Pero no se mueve de ese islote. Por un lado no tiene fuerzas, por otro, no puede apartar su atención de la vida que se desarrolla en la plaza cuando el sol ya empieza a esconderse tras la Catedral. Ha dejado de cuestionarse todos esos cambios de la gente, de la moda, de la propia plaza. Se ha vuelto loco sin más. Loco, arruinado, sucio y harapiento. Es normal que todo el mundo lo ignore, él mismo lo haría. Él mismo ya había ignorado antes a muchos vagabundos y mendigos. Ahora, al parecer, de la noche a la mañana, se había convertido en uno, aunque ni vagaba ni mendigaba. Llevaba todo el día allí plantado contemplando la vida pasar ante sus ojos. ¿De verdad tantas cosas podían suceder en tan poco tiempo? ¿tantas sensaciones, tantos sentimientos, pensamientos, reflexiones? Nunca había sido consciente de ello. Un hombre como él, nacido para el éxito y ambicionar más éxito no tenía nunca tiempo para entretenerse en esas tonterías.

Una sonrisa de sensatez apareció en su rostro cuando miró hacia arriba y comenzó a admirar las primeras estrellas mientras los tonos anaranjados del atardecer iban desapareciendo de las fachadas.

Mientras, la gente de nuevo gritaba, parece que de alegría esta vez. Banderas y más banderas, rojas y amarillas, verdes y blancas, amarillas y azules. Siente la alegría de un niño y la contención de un viejo.

Ya vuelve la noche, pero ese invento revolucionario que llamaban luz eléctrica parece que funcionó y se fascina con las sombras en sus diferentes tonos. También se entristece viendo algún cuerpo decrépito vagando o escondidos en los rincones más oscuros con unos papeles plateados. Vuelven los gritos, de furia, de obreros vestidos de azul, una humareda a lo lejos en mitad de la bahía. Para ver su propia ciudad no ser ni la sombra de lo que fue, mejor dormir y rezar para que el amanecer lo despierte en la comodidad de su casa, veinticuatro horas antes de ese sinsentido.

Pero, por otro lado, tampoco quiere conciliar el sueño. Todo lo que ha experimentado le ha cambiado por completo. Ha observado, ha aprendido, ha admirado, ha comprendido. Siente que ha vivido, allí sentado e ignorado, a la sombra de la sociedad a la que pertenecía, más que en toda aquella exitosa vida qué recuerda tan lejana. Harapiento y mugriento por fuera, tal vez. Pero se compara con esos paisanos suyos que miran hacia abajo a no sé qué cosa que llevan en sus manos o con los que corren como el conejo de Alicia o con esos otros de rostros ensombrecidos de enfado y se siente más millonario de lo que era la noche previa antes de que llegara, a saber cómo, a los pies de Moret. Loco, tal vez, pero en el fondo no quiere despertar al amanecer y perder esa fortuna que nunca valoró.

Por el resto de la noche tan pronto rompe a llorar como a reír, continuamente, hasta que ve como la luna de plata comienza a bajar tras la cúpula de la Catedral. Saca fuerzas para levantarse y gritarle a la desesperada que por favor no se vaya.

Debajo de su longa barba descubre una tremenda rotura de su chaleco que alcanza hasta su muda interior blanca. Cuando pasa los dedos, imágenes golpean su mente y en cuestión de segundos todo encaja. La timba clandestina, las cartas, el último vano intento de no perder su negocio y la casa familiar, la falta de respiración tras los puñetazos en el estómago, el dolor intenso de aquella hoja penetrándole, aquellas últimas palabras de su verdugo: “perdido el tiempo, perdida la vida”.

La mañana del 19 de abril de 1913 su cuerpo fue encontrado inerte bajo el monumento de don Segismundo Moret. Su espíritu lleva más de cien años vagando libre por las calles contemplando las luces y sombras de la historia de su ciudad, riéndose a carcajadas de tantos millonarios equivocados.

Lástima que tuviera que perder la vida para convertirse en millonario de verdad.